13 noviembre 2007

Quimi Portet en el DOKA


Raro, raro, raro

Fecha y lugar. 11/11/07. Donostiako Kafe Antzokia (DOKA). Donostia. Intérpretes. Quimi Portet (guitarra), Antonio Fidel (bajo), Jordi Busquets (guitarra) y Xarli Oliver (batería). Incidencias. Entre 50 y 70 personas se acercaron al local antiguotarra para disfrutar con la mùsica y el humor de Quimi Portet, cuyos afilados comentarios y su euskera de barnetegi provocaron las continuas carcajadas del respetable.

Disculpen el guiño al difunto progenitor de Julio Iglesias, pero "raro" es uno de los adjetivos que mejor sirven para definir a Quimi Portet. También le van que ni pintados apelativos como extraño, bizarro, insólito, peculiar o marciano. ¿O acaso no es asombrosa la trayectoria de un tipo que junto a Manolo García saboreó las mieles del éxito, vendía millones de discos y reunía a miles de personas en los multitudinarios conciertos de El último de la fila?

Desde la disolución de aquel legendario grupo, el de Vic continúa llenando auditorios, pero con 50, 100 ó 200 personas: aunque es heredera de la mejor tradición cantautora, su música está inequívocamente alejada de la convención, gracias a sus extravagantes melodías y a unas letras estrafalarias cantadas, para más inri, en catalán. Él insiste: "Es lo que quería hacer".

Muy pocas veces actúa fuera de los Països Catalans, pero cuando le llaman, acude raudo y veloz. Como en la minigira auspiciada por su amigo Ruper Ordorika, que estos días le ha traído por primera vez a tierras vascas, donde ha presentado Matem els dimarts i els divendres . Es su sexto y último álbum en solitario, compuesto, grabado y producido por él mismo.

Primero repasó buena parte de su más reciente colección de canciones y junto a su efectiva banda las interpretó en clave rockera y eléctrica, en un tono distinto al acústico que predomina en el disco. Quienes llegaron pasado el ecuador del bolo aún pudieron disfrutar de Progresso adequadament , frase que amenaza con inscribir en su lápida el día que muera. La segunda mitad la coparon temas antiguos como La musica dels astres , Flors i violes y El meu hàmster va anar a Cuba , ése en el que se debe gritar "¡Sabadell!"

Poco importa perderse por vericuetos lingüísticos. La música es comunicación y Quimi Portet, que hizo sus pinitos en un poco de euskera aprendido en el barnetegi, lo sabe mejor que bien. Sarcástico pero humilde, charla continuamente con su público y le cuenta, por ejemplo, que Francesc Pujols fue un histórico filósofo catalán que se quejaba por tener que ganarse algo tan triste como la vida.

Lo mismo traduce entera una canción como Àfrica, 11 de la tarda -la letra en castellano dice así: "África, 11 de la tarde, una medium encuentra aparcamiento, y un pato sonríe, con su estúpida sonrisa de pato. Te quiero, tortilla"- que complace las peticiones para que la actuación finalice con la mítica La Rambla .

Basta con verle y escucharle para saber que el astro intercomarcal, como él mismo se autodenomina, ha conquistado nuevamente el éxito. Puede ser un éxito extraño, sí, pero le permite hacer lo que quiere, como quiere y con quiere.

"Si deseáis que volvamos aquí para tocar, llamadnos y vendremos", se despidió tras los bises. Que tomen nota los promotores vascos porque, a pesar del tono irónico que presidió la velada, esta vez Quimi parecía hablar en serio.


Si quieres leer una entrevista extraterrestre con Quimi Portet, haz click en los dos siguientes enlaces: Página 1, Página 2.

09 noviembre 2007

Kiko Veneno y Jabier Muguruza en el Victoria Eugenia


Cómplices y juntos,
pero no muy revueltos


Intérpretes. Jabier Muguruza (voz y acordeón), Kiko Veneno (voz y guitarra), Ángel Unzu (guitarra), Raúl Rodríguez (guitarra) Mireia Otzerinjauregi (coros). Fecha y lugar. 08/11/07. Teatro Victoria Eugenia. Donostia. Incidencias. Primero actuaron Kiko Veneno y Raúl Rodríguez, y después lo hicieron Muguruza, Unzu y Otzerinjauregi. Sólo se unieron todos juntos en el escenario para interpretar 'Irene' al final de la noche.


El Victoria Eugenia abrió el jueves sus puertas a la canción de autor. Y lo hizo, por duplicado, con una poética velada en la que Jabier Muguruza contó con un cómplice de excepción que le ayudó a presentar su noveno trabajo. Kiko Veneno insinuó al inicio que estaba allí en calidad de telonero del irundarra, aunque daba la impresión de que muchos habían acudido al teatro a ver al andaluz nacido en Girona. Del mismo modo, otros parecían atraídos sólo por el euskaldun.

Y es que, a priori, las dos propuestas no parecen tener excesivas similitudes aunque ambos sean músicos veteranos y dueños de una envidiable coherencia. También coinciden en tener la capacidad de decir mucho con poco. Al margen de esos detalles, uno toca la guitarra y canta en español mientras que el otro utiliza el acordeón y el euskera. Muguruza se maneja en un estilo sosegado, melancólico y sofisticado, mientras que Veneno es más desenfadado, irreverente e incluso surreal.

Sea como fuere, al sevillano le toco inaugurar el escenario acompañado por Raúl Rodríguez, hijo de la cantante Martirio. Ambos usaron sendas guitarras para arropar las "coplillas" que brotaron de la genuina garganta de Kiko Veneno. Doce cuerdas y una voz: una fórmula minimalista pero efectiva con la que dieron cuenta de viejos temas. Como el sudoroso El calor me mata , el himno Lobo López , el hilarante blues Yo nací , el costumbrista Me siento en la cama y el irreverente Un catalán muy fino . En Más al sur fusionó sus habituales ritmos flamencos y rumberos con resonancias moras, mientras que en Casa cuartel logró crear momentos de absoluta belleza.

Bilonguis , quizá su letra más hermosa de los últimos años, fue la única pieza rescatada de El hombre invisible , su álbum más reciente. Concluyó con una versión hispana del Respect de Aretha Franklin y con Veneno , un tema para el recuerdo.

Retiróse el dúo y tomó el relevo Muguruza, que también compareció ligero de equipaje -con su acordeón, el habilidoso Ángel Unzu a la guitarra y la dulce Mireia Otzerinjauregi a los coros-. Con una delicadeza que ya es marca de la casa, fue desgranando algunos de los diez temas de su último disco, Konplizeak , donde ha utilizado íntimas melodías para vestir poemas de autores como Joseba Sarrionandia, Xabier Lete, Iñaki Irazu, o Covadonga Da Silva. Advirtió al público de que dichas canciones tienen un cierto poso oscuro, marcado por el fallecimiento de su padre el pasado año. La muerte fue el leit motiv de Dena bukatzean o Norbere akaberari buruzko mintzaldia , aunque no tardó en llegar un canto a la esperanza escrito por Atxaga, Bizitza bizitza da . No se olvidó del reciente No quedan tantas tardes y repescó Maite zaitut ez , texto de Kirmen Uribe sobre la dificultad de expresar los sentimientos. Liskar suharra brindó el necesario toque de humor y la conocida Benino edo Benito volvió a sonar preciosa.

Uno de los momentos más emotivos llegó con Antxillesko arkupean , escrita por el propio Muguruza y dedicada, como todo su nuevo cancionero, a la memoria de su padre. Encaró la recta final del concierto con Ertz maitea y lo rubricó con los aires africanos de la mítica Mazisi Okeita Denbelek .

Kiko Veneno y Raúl Rodríguez regresaron para sumarse al recital e interpretaron al unísono una sola composición, Irene . Fue gozoso paladear la música de una extraña pareja de cómplices que aplicaron el barniz del intimismo a un ramillete de tonadas que sonaron a pop, rumba, chanson , folk, jazz y flamenco. Lástima que sólo coincidieran cinco minutos en el escenario y que estuvieran juntos pero no más revueltos.



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08 noviembre 2007

Concierto de Rufus Wainwright en Donostia

 
¿Es esa Rufus?

Un show con mayúsculas. Así fue el concierto que anoche ofreció el bueno de Rufus Wainwright en el Kursaal donostiarra. Bastaba con echar un vistazo a los aledaños de los cubos de Moneo para comprobar que laactuación del niño mimado del pop-rock había suscitado un inusitado interés. Atrajo incluso a personalidades que afortunadamente suelen brillar por su ausencia en otros saraos musicales: el auditorio parecía más un pleno municipal que un patio de butacas. Es obvio que el yanqui-canadiense es el songwriter de moda. Una voz amiga anunció por megafonía que el concierto sería largo y que incluiría un descanso de quince minutos. La noche prometía. Rufus salió a escena enfundado en un traje blanco de rayas y un sinfín de broches brillantes. Dedicó la primera tanda de canciones a repasar su quinto disco, Release the stars, y no tardó en revelarse como un alegre parlanchín que salpicó de comentarios sus interpretaciones. "San Sebastián es una ciudad de homosexuales y de surfers que también son homosexuales", bromeó ante una audiencia ganada de antemano. Puede que sólo fuera un guiño, pero lo cierto es que, por un día, la comunidad hetero parecía ser minoría en el Kursaal.

Con juguetona retranca, preguntó al público si San Sebastián era España y, al no obtener respuesta, sugirió utilizar el término Iberia para no herir susceptibilidades. Sobrecogió al personal con la maravillosa Going to a town, donde confiesa su hartazgo de América. Tras él enmudecía una bandera estadounidense con barras blanquinegras y fulgurantes adornos en lugar de estrellas. Hizo entonces un hueco a éxitos añejos como Danny boy, incluido en su disco homónimo de debut, o Cigarettes & chocolate milk, conocido hit de su segundo álbum, Poses. Regresó después a su último trabajo y brilló especialmente en las dos canciones europeas del mismo, las hermosas Tiergarten y Leaving for Paris, donde su estrafalaria banda de talentosos multi-instrumentistas hicieron todo un alarde de virtuosismo y sutileza. Gabriel, un presunto espontáneo que parecía sacado de las primeras filas del desfile del día del orgullo gay, se marcó un baile en la pícara y bailonga Between my legs, que precedió al intermedio.

El descanso sirvió para aliviar vejigas, emponzoñar los pulmones e intercambiar impresiones. La voz de Wainwright es un auténtico manantial sonoro que él manipula a su antojo y que le permite tocar el cielo con sus impresionantes agudos para, inmediatamente después, descender hasta el subsuelo con unos sobrecogedores graves. Sin desdeñar sus cualidades como letrista y compositor, no cabe duda de que lo que convierte a Rufus es un autor singular, es su tesitura vocal, por mucho que ésta sea heredera de cantantes como Jeff Buckley o Thom Yorke. Todo parecía ir sobre ruedas: el artista estaba comunicativo, la banda sonaba perfecta -sobre todo la acertada sección de vientos y los coros- y el juego de luces contribuía a hacer aún más atractiva la velada. Pero algo algo empañaba lo que debía haber sido una noche redonda. Algo difícil de explicar y probablemente relacionado con la emoción y la intensidad. Afortunadamente, ya habría tiempo de solventar esos desajustes en la segunda parte.

Como toda buena diva que se precie, Rufus Wainwright cambió su vestuario y reapareció luciendo medias y traje tirolés. El regreso lo marcó otro viejo hit, The consort, que dio paso a la grandilocuente y sinfónica Do I disappoint you. Parecía claro que Rufus iba a desfacer el entuerto en el tramo final de un concierto que -ahora sí- alternó piezas íntimas cantadas con el solo acompañamiento de su piano de cola con otras de corte más épico y orquestal que lograron erizar los pelos de buena parte del personal. Desgranó piezas como Foggy day, Not ready to love o Beautiful child, y aún tuvo tiempo para chulearse interpretando, con el micrófono apagado, la tonada irlandesa Macushlah.

Cuando parecía que todo había terminado después de que los miembros del combo fueron presentados y el canto de un melancólico banjo puso fin a 14th street, Wainwright volvió una vez más, esta vez embutido en un albornoz blanco que le confería un aspecto de lo más kitsch. Cantó algún tema al piano, sin la banda, y después recibió a su santa madre, Kate McGarrigle, a la que cedió el protagonismo en el teclado. Con las pertinentes puyas incluidas, juntos convirtieron el auditorio donostiarra en una sucursal de la tierra de Oz gracias al entrañable himno Over the rainbow, que en su día el cine popularizó gracias a su amada Judy Garland. Pero la mayor sorpresa estaba por llegar. Cuando la madre dejó solo a su vástago sobre el escenario, éste tomó asiento y comenzó a adornar su cuerpo con abalorios femeninos: con unos pendientes aquí, unos anillos allá y un poquito de carmín, Rufus se convirtió en toda una mujer que al despojarse del albornoz descubrió un ceñido traje que dejaba al descubierto sus piernas. La metamorfosis del joven músico en vedette vino acompañada del regreso de los componentes de su grupo que, enlutados en traje negro, desarrollaron una excéntrica coreografía en torno a su líder, que cantaba en play back y bailaba una suerte de número de music hall de Broadway.

La comedia no había concluido aún. El canalla Wainwright se colgó la acústica y regaló a sus fans un par de piezas más, Get happy y Gay messiah. El público, puesto en pie, despidió al artista con una ovación tan larga como merecida. Quizá no fuera una noche perfecta, pero Rufus demostró ser un inmenso show man –o show girl, según se mire-. Es mucho más que un mesías gay. Es un tipo extraño que atesora una desbordante sensibilidad, capaz de construir con extrema delicadeza sus canciones más íntimas y exhibir una brutal energía en los momentos de mayor intensidad. Fueron, en suma, tres horas de generosa actuación tras las que quedó claro por qué Rufus Wainwright es uno de los artistas más particulares y prometedores del momento.

29 septiembre 2007

Lou Reed en Donostia


"La emoción es la idea básica que se esconde detrás de todas las canciones que he escrito"

No es tan fiero el león como lo pintan. O, al menos, no lo fue ayer en la entrevista que mantuvo a primera hora de la tarde con un reducido grupo de informadores. Lou Reed (New York, 1942) ofreció agua a una periodista que sufrió un leve ataque de tos y bromeó con una compañera mexicana que le comentó que para su jefe él es el nuevo Edgard Allan Poe: "Mmm... Eso es demasiado, jamás podría decir algo así sobre mí. De todos modos, gracias a ti, a tu jefe y a tus amigos".

Repantingado en la butaca de una habitación del hotel María Cristinta, cobija sus pequeños ojos de saurio tras los cristales de unas gafas sin montura. Con todo, su mirada no ha perdido un ápice de su poder intimidador. Quizá porque en su rostro, surcado de arrugas, aparecen escritas algunas de las mejores páginas de la historia del rock and roll.

Su parlamento está construido de extrañas pausas, miradas escrutadoras e incómodos silencios. Lástima. Sólo hay 15 minutos para conversar sobre la obra maestra Berlin, el disco que publicó en 1973 y que no pudo llevar a los escenarios por las críticas que recibió.

Ha desenterrado 'Berlin' 33 años después de su lanzamiento. ¿Ha sido un proceso doloroso o feliz?

Lo hemos hecho por diversión, por puro placer. Siempre quise llevar este disco a los escenarios, pero no pudimos hacerlo en su momento. Varios amigos llevaban años tratando de convencerme para hacer una gira de Berlin y finalmente el pasado año acepté. Hablé con Julian (Schnabel) y aceptó diseñar la escenografía y dirigir la película, para la que contamos con el guitarrista y el productor del disco original, Steve Hunter y Bob Ezrin, y otras colaboraciones como Antony, una de mis voces preferidas.

El álbum fue un fracaso comercial. ¿A qué lo atribuye?

Realmente no sé si a la gente le gustó o no. Simplemente pienso que no tuvieron oportunidad de escucharlo. Respecto a lo que pudo opinar la crítica, no lo sé: no hago discos para la crítica.

¿Qué cambios hay en el 'Berlin' de Julian Schnabel con respecto al disco original? ¿Siguen vigentes las canciones del disco?

Hay algunas cosas diferentes. Yo toco la guitarra, de manera que suenan dos guitarras. Por eso, el sonido es un poco más duro, más pesado. Creo que las canciones siguen vigentes porque intenté emplear palabras que no se pasaran de moda, aunque hay algunos términos que quizá ya no se entienden. En The kids, por ejemplo, se habla del waterboy, que en el béisbol y el baloncesto era el chico encargado de llevar el agua. Por lo demás, las canciones son fáciles de entender, no contienen misterios lingüísticos ni se necesita un diccionario para entenderlas.

¿Y qué puede decir sobre la temática de 'Berlin'?

Que los celos son un tema universal. Todo el mundo ha sentido celos alguna vez. Un caso extremo sería Otelo. Fijaos, si no, en lo que le hizo a Desdémona... Aunque no quiero comparar mi obra con la de Shakespeare.

El disco fue calificado como el más oscuro de su carrera.

Yo no doy ningún calificativo a mis discos. Me limito a cantar mis canciones. De todos modos, muchas personas me han dicho que Berlin les hace sentir mejor. Creo que a veces ganas algo escuchando cosas oscuras que describen cómo te sientes por dentro...

¿Qué le parece la película que ha hecho Julian Schnabel?

Es una representación increíble de lo que sucedió. Es una película muy completa por las imágenes, los músicos, las luces, el sonido... El sonido es impresionante. Lo tiene todo. Quizá no está bien que yo lo diga, pero jamás había visto algo tan poderoso en un formato musical.

Acaba de editar un nuevo disco.

He publicado un álbum de música para meditación. Se titula Hudson River Wind Meditations. La música es emocional, creo que nunca he hecho nada que no fuera emocional. La idea básica que hay detrás de todas las canciones que he escrito en mi vida es la emoción. Cuando estudiaba en la universidad, comencé a escribir sobre conflictos y paraísos perdidos. Entonces me di cuenta de que las canciones son capaces de expresar esos conflictos en un formato más reducido y que ello permite visualizarlos más rápidamente.

Schnabel: "El arte no se hace viejo si es bueno"

La relativa locuacidad que Lou Reed exhibió en la entrevista se tornó en parquedad extrema durante la rueda de prensa ofrecida después junto a su amigo Julian Schnabel. Ninguno ofreció su mejor cara, quizá porque el artista y cineasta estaba enojado tras el encontronazo verbal que tuvo con un fotógrafo que le recriminó haber llegado veinte minutos tarde al posado. Entre monosílabo y monosílabo, Schnabel desveló que Berlin es uno de sus discos favoritos y que su película es un "testamento a la calidad" de este álbum publicado en 1973 y que demuestra que "el arte no se hace viejo si es bueno".

El trabajo del neoyorquino no es un documental ni la grabación al uso de un concierto, sino "un híbrido" con cierto poso experimental. Schnabel se hizo cargo de la escenografía, empleó cuatro o cinco cámaras e incluyó imágenes de cortometrajes de su cuñado Alejandro Garmendia y su hija Lola.

La cinta contiene las diez canciones que hacen de Berlin una de las cumbres del rock and roll y un brutal tratado sobre el amor, los celos y la rabia. Son especialmente emocionantes las interpretaciones de Men of good fortune, Caroline says II y Sad song, que incluye la actuación de un coro de niños. A modo de bis, se escuchan tres temas de Reed que nada tienen que ver con Berlin: Candy says, Rock minuet y Sweet Jane.



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08 septiembre 2007

30º Aniversario de 'El Peine del Viento'

Tributo pop para una escultura treintañera

Fecha y lugar. 06/09/07. 'El Peine del Viento'. Donostia. Intérpretes principales. Txetxo Bengoetxea, Mikel Erentxun, Amaia Montero y Álex Ubago. Repertorio. Interpretaron canciones propias y ajenas y realizaron varios duetos. Se despidieron todos juntos cantando 'Cien gaviotas' al unísono.

Salvo error u omisión, es posible que la barandilla de la Concha y El Peine del Viento sean los dos iconos que mejor venden la imagen de San Sebastián en el mundo. Quizá por ello, los protagonistas del homenaje musical que ayer se tributó al espacio escultórico que hace 30 años crearon Eduardo Chillida y Luis Peña Ganchegui, estuvo liderado por los nombres más representativos del pop donostiarra.

Más que de concierto, el evento tuvo carácter de celebración musical a cargo de cuatro intérpretes que en las últimas dos décadas y media han llevado el pop de la Bella Easo allende nuestras fronteras: Mikel Erentxun y Txetxo Bengoetxea comenzaron sus carreras en los 80 con Duncan Dhu y 21 Japonesas, respectivamente, mientras que Amaia Montero, de La oreja de Van Gogh, y Álex Ubago son hijos musicales de los últimos años 90 y del siglo XXI.

casi 25 años de pop donostiarra
30 años de 'El Peine del Viento'

Iluminados por un crepúsculo de postal, presentaron el acto la omnipresente Edurne Ormazábal y Luis Chillida, cuyo emotivo discurso -"Aita quiso hacer con el Peine un homenaje a su pueblo"- poco interesó a las parlanchinas quinceañeras que abarrotaban las primeras filas. Tampoco hicieron mucho caso -porque no le conocían- del primer intérprete que subió al escenario. Con el único acompañamiento de los teclados, Txetxo Bengoetxea quiso aportar "una gotita de emoción e intimidad" con dos canciones que, según confesó, escribió en El Peine del Viento . Después interpretó otras dos canciones en clave más rockera junto a una amplia banda, y cedió el testigo al idolatrado Álex Ubago que, entre otros temas, interpretó Qué pides tú y Aunque no te pueda ver -esta última se la dedicó, emocionado, a su tía Manuela, para quien el Peine era también "un lugar muy especial"-.

Dos de los momentos más celebrados de la noche llegaron cuando Ubago cantó Sin miedo a nada a dúo con Amaia Montero y Esos ojos negros junto a Mikel Erentxun, de quien se confesó ferviente admirador.

El antiguo componente de Duncan Dhu aportó la mayor dosis de electricidad en una velada a la que primero aportó Mañana y Cartas de amor . Después, para regocijo del público, regresó Amaia Montero para acompañarle en A tu lado , antes de acometer con su banda la rockera Arde Madrid . Quizá por su pasado como estudiante de Arquitectura, Erentxun fue de los pocos que se acordó también de Peña Ganchegui, que diseñó el espacio donde descansan las tres esculturas de Chillida.

Y el final del homenaje llegó, como no podía ser de otra forma, con una canción eminentemente marítima, el himno de los Duncan Cien gaviotas , que Bengoetxea, Montero, Ubago y Erentxun entonaron al alimón junto a cientos de gargantas de todas las edades.

Al numeroso público que no quiso perderse este encuentro tan especial como inédito le supo a poco una cita que duró poco más de una hora pero que sirvió para celebrar los 30 años de El Peine del Viento a través de una actuación que también fue un resumen de casi 25 años del más genuino pop made in Donostia.

01 septiembre 2007

'Un Picasso'


Verdadero o falso

Fecha y lugar. 30/08/07. Teatro Principal. Donostia. Intérpretes. José Sacristán (Pablo Picasso) Sonia Castelo (Miss Fischer). Obra. 'Un Picasso', escrita por Jeffrey Hatcher. Versión. Nacho Artime. Dirección. José Sacristán.

Basada texto original de Jeffrey Hatcher, Un Picasso es una adaptación de Nacho Artime que dirige y protagoniza en el teatro el actor José Sacristán. Esta atractiva propuesta escénica descansa sobre un hecho que pudo suceder en realidad. O no. En el París ocupado de 1941, Pablo Picasso (Sacristán) es conducido a unas lúgubres catacumbas en las que una funcionaria nazi (Sonia Castelo) le interroga. Su intención es conocer si tres cuadros que llevan su firma son originales o burdas falsificaciones. Durante la conversación, se establece entre los dos personajes un juego de tensión dialéctica al que el público asiste con inusitado e inevitable interés mientras trata de descubrir si las palabras que ambos pronuncian son verdaderas o falsas.

La obra, por tanto, se sustenta en un desfile de verdades y mentiras que dejan entrever la dualidad de unos personajes que huyen del maniqueísmo: ni la enviada del doctor Goebbels es todo lo mala que parece ni Picasso es, como ya es sabido, un mirlo blanco. Ambos carácteres se desnudan psicológicamente y ponen de manifiesto sus grandezas, sus contradicciones y sus miserias. El autor ha pintado a Picasso como el genio que fue, pero también como un individuo emocional, sentimental, socarrón, cerebral, carnal e irremediablemente genital.

Siempre es un gustazo contemplar lo que una bestia escénica y de la declamación como José Sacristán puede llegar a hacer sobre el escenario de un teatro o ante una cámara de cine. Y el placer puede ser mayor aún si le acompaña alguien con los arrestos suficientes para darle la réplica con total solvencia. Es el caso de Castelo, inmejorable cómplice en esta telaraña de seducciones.

En ningún momento decae el ágil texto de esta obra austera en las formas -en verdad, todo se reduce a un bonito decorado y a un interesante diálogo a dos voces- pero jugosa en su contenido y capaz de abordar grandes temas como el amor, la traición, el sexo, el arte y la guerra.

El preciosista final del montaje raya en lo ambiguo pero permite al espectador salir de la sala con una única certeza: que Picasso sólo sabía plantar cara a la vida, a la muerte, al desengaño, a los conflictos y al desamor de un único modo: a través del arte.