14 diciembre 2009

Concierto de The Right Ons en el Doka


De la necesidad virtud

No sé muy bien por qué razón, quizá sea sólo la inercia lo que me empuja a revelar las fotos de conciertos casi siempre en color. Aunque el blanco y negro como apuesta artística siempre me ha atraido, lo cierto es que sólo lo empleo para camuflar los defectos que algunas imágenes tienen debido a una escasa o nula iluminación. ¿Que los focos sólo lanzan luz roja y la toma tiene una dominante horrible? La pasamos a blanco y negro. ¿Que el escenario y los músicos están en penumbra? Blanco y negro. Si además se añade un toque granulado a las instantáneas, el resultado puede ser incluso mejor.

Es el caso del siguiente reportaje perpetrado en el Donostiako Kafe Antzokia, otro garito imprescindible que forma junto al Bukowski y al Mogambo el triunvirato de locales peor iluminados de la ciudad. Ciertamente, ha sido necesario hacer de la necesidad virtud para adecentar estas fotografías tomadas durante el impresionante concierto que los chicos de The Right Ons ofrecieron el viernes en el Doka. El resultado, al menos a juicio de este humilde fotero, se acerca bastante a lo satisfactorio.

07 diciembre 2009

Concierto de Joaquín Sabina en el Kursaal

Marchando una de vinagre y rosas

Fecha y lugar.
04/12/09. Auditorio del Kursaal. Donostia. Intérpretes. Joaquín Sabina (voz y guitarra), Pancho Varona (guitarra), Antonio García de Diego (teclados, guitarra, armónica), Pedro Barceló (batería), Jaime Asúa (guitarra), Josemi Sagaste (flauta, saxo, clarinete, acordeón), Mara Barros (coros). Incidencias. Aforo totalmente completo.


PASAN
los años y huir de los lugares comunes cuando se escribe la crónica de un concierto de Joaquín Sabina se antoja una empresa cada vez más difícil. ¿Cómo esquivar expresiones del tipo "flaco de Úbeda", "voz rota" o "juglar de prostíbulo"? ¿Es posible no contaminar el texto con palabras como "calavera", "bombín" o "canalla" que, por cierto, rima con "cazalla"? Posiblemente no, pero estas líneas pretenden ser un temerario intento de aportar otra visión -menos triunfalista, quizá- de la actuación del viernes en Donostia. A la hora de elegir un titular, se desacartó el obvió Una de cal y otra de arena y se optó por algo no más original pero sí más oportuno: introducir los dos ingredientes que forman la última ronda a la que nos ha invitado Sabina: Vinagre y rosas.

1. Vinagre. Lo confesó en el ecuador de la función: "Soy un hombre feliz, una situación fantástica para vivir pero repugnante para escribir canciones". Por eso -"y porque las musas generalmente están follando con Serrat"-, acudió al entonces atribulado escritor Benjamín Prado, que le ayudó a parir las letras de Vinagre y rosas. Decorado como una azotea -pongamos que fuese de Madrid-, el Kursaal acogió la presentación de siete de esas nuevas composiciones que, contrapuestas a las clásicas, confirmaron una avinagrada certeza: Sabina continúa sin superar la grandeza de 19 días y 500 noches (1999), posiblemente su mejor trabajo.

Temas de reciente hornada como Tiramisú de limón, Luces de Bohemia o Viudita de Clicquot carecen de la fuerza que tienen otros antiguos como ¿Quién me ha robado el mes de abril? o Así estoy yo sin ti, por citar sólo dos que esta vez no sonaron en San Sebastián. Además, la música, y en especial su vena más rockera, parece haber pasado a un segundo plano en beneficio del texto. Sin embargo, se da la paradoja de que cuanto más se vuelca con la literatura, menos redondos parecen los textos del jiennense, que jamás necesitó rodearse de ninguna vaca sagrada de las letras españolas para ser un auténtico poeta.

2. Y rosas. De todas formas, no parece lógico ni deseable pedir que Sabina vuelva al infierno para maltratarse el organismo y alumbrar nuevas historias de dolor y desengaño. Y sería injusto no reconocer que si sus últimos discos no alcanzan el nivel de obras como El hombre del traje gris (1988) o Física y química (1992) es porque el listón está demasiado alto. ¿O no es cierto que su canción más floja podría ser la mejor de muchos otros compositores?

Por ello, conviene deleitarse en la fragancia de las flores musicales que el artista repartió en la capital guipuzcoana. Destacaron la reinterpretación de la siempre hermosa Calle melancolía, que contó con unos acertados arreglos de guitarra a cargo de Antonio García de Diego, y la descarga eléctrica de Princesa, que aplacó la sed de rock and roll de muchos de los asistentes.

Porque fue más bien un concierto tranquilo, hilvanado con medios tiempos y piezas lentas como Peor para el sol, Por el Boulevard de los sueños rotos, La Magdalena y Cerrado por derribo, entre otras, Dos veces -una después de interpretar Llueve sobre mojado, himno de su íntimo enemigo Fito Paez- abandonó el escenario y dejó Joaquín la batuta en manos de esa banda que, bajo la dirección de Panchito Varona y con la voz de Mara Barros, tanto empeño pone en abrigar sus temas.

Hubo fin de fiesta mariachi con el medley que fusionó Noches de boda con Y nos dieron las diez, y después de Contigo se despidieron a bombo y platillo con Pastillas para no soñar, evidenciando que, en directo, Sabina es aún capaz de ofrecer grandes cosas a sus cincuenta y diez abriles. Él mismo lo dijo en el Kursaal, auditorio al que prometió volver: "Pisar el escenario es un sacramento y, como dicen los filósofos, el movimiento se demuestra cantando".

02 diciembre 2009

Homenaje a Laboa en el Teatro Victoria Eugenia


Una voz que nunca se apagará

La grandeza de Mikel Laboa la explica su propia obra, aunque existen ejemplos y momentos que sirven para ilustrar lo alargada e influyente que su sombra puede llegar a ser. Y es que sólo alguien de su talla artística y humana es capaz de convocar sobre el mismo escenario a un grupo de jazz, a miembros de bandas de pop rock de muy distinto cuño e incluso a dos disc jockeys.

El Teatro Victoria Eugenia acogió ayer el espectáculo Mikel Laboa 180º, organizado en el primer aniversario de su fallecimiento y donde su viuda, Mari Sol Bastida, recogió la Medalla de Oro que a título póstumo le concedió el Ayuntamiento de Donostia. Los organizadores habían anunciado un acto sencillo, y lo fue en su forma, pero no en su contenido. La ausencia de cualquier elemento de escenografía sobre las tablas del abarrotado teatro había público hasta en el gallinero parecía dejar claro que lo importante era la música. Y sólo la música.

Jazz, DJ y Pop rock Al pianista donostiarra Iñaki Salvador, su fiel escudero durante más de 20 años, le tocó "el extraño y gran honor" de inaugurar la velada en clave de jazz con su trío, integrado por Javier Mayor de la Iglesia (bajo) y Hasier Oleaga (batería). Como "invitado especial" presentó al trompetista estadounidense Chris Kase, que tocó el fliscorno. Un instrumento que, según explicó Salvador, era muy querido por Mikel Laboa, ya que su padre lo tocaba en la banda de música. "Me ha parecido hermoso venir a escuchar la voz de Mikel a través del fliscorno", añadió al presentar su propia y original interpretación de Izarren hautsa, Baga Biga Higa, Gure bazterrak y Haize Hegoa.

Tras la entrega de la distinción a Bastida, la voz del homenajeado volvió a sonar, esta vez tamizada por los cachivaches sonoros que manipularon DJ Makala y DJ Zigor (DZ). Ante la atónita mirada de los espectadores de mayor edad, los pinchadiscos usaron los viejos vinilos de Laboa para dar una nueva dimensión a sus canciones, especialmente a Kantuz, que fue deconstruida a golpe de loops, samplers y scratching en un ejercicio iconoclasta a los que tan aficionado era Mikel Laboa.

El cambio de instrumentos y músicos entre actuación y actuación pudo ser más ágil faltó, quizá, algún ensayo general más, pero la espera fue amenizada con la proyección de algunos vídeos de Laboa protagonizando esos discursos desternillantes y casi dadaístas en los que mezclaba imitaciones de Cantinflas con referencias a los presocráticos y canciones tan dispares como Piedra y camino o La donna è mobile.

Los miembros de Lain empezaron suaves con su interpretación de Martxa baten lehen notak y torcieron hacia el rock en Haika mutil y Haurtxo txikia. Las dos vocalistas del grupo, Kristina y Leire, acompañaron al siguiente músico, Xabi San Sebastian, que prestó su guitarra y añadió una tercera voz a Ihesa zilegi balitz. Después se quedó solo con su banda para interpretar, en muy distintos estilos, Pasaiako herritik, Liluraren kontra y Dialektikaren laudorio. En esta última pieza, uno de los preciados lekeitios de Laboa, se incluyó el siempre evocador sonido de un sitar y de varios sintetizadores que prestaron una atmósfera muy especial al recitado de San Sebastian.

Eñaut y Beñat, cantante y guitarrista de los bizkaitarras Ken Zazpi, fueron los únicos que ofrecieron un tema propio, Zapalduen olerkia, que sin embargo refleja la "influencia" de Laboa en los artistas jóvenes. Después conmovieron con una sentida versión de Izarren hautsa.

Gose, el trío de Arrasate, irradió energía al interpretar Zure begiek, que sonó como una suerte de burlesque electrónico, y una intensa y cañera revisión de Baga Biga Higa en la que el grupo sacó chispas a la triki, la guitarra y las bases programadas.

Cuando las luces se encendieron, todos los participantes en el homenaje regresaron para cantar junto a los espectadores la imprescindible Txoria txori, demostrando que la voz de Mikel Laboa nunca se apagará mientras siga viva en la memoria del público y en el quehacer diario de los muchos músicos que lo han tenido y lo seguirán teniendo como ineludible referencia.

01 diciembre 2009

Dock of the Bay 3: el balance


And the Dockie goes to...

UNA FICCIÓN SOBRE LOS PREMIOS QUE LA MUESTRA DE CINE DOCUMENTAL MUSICAL NUNCA ENTREGÓ

E
L Dock of The Bay, la muestra de cine documental musical de Donostia, clausuró el pasado domingo su tercera edición. Es hora de hacer balance. El certamen, prácticamente un recién nacido que acaba de aprender a andar, progresa con paso lento pero seguro en la búsqueda de su propia identidad. Este año ha propiciado un avance importante y la programación de conciertos en vivo ha sido un éxito. En futuras entregas, la oferta se ampliará con nuevas e interesantes propuestas que, quizá, pasen por la creación de algún apartado competitivo. Dado que de momento no existe tal sección, este periódico, que ha sido el medio oficial del festival desde su génesis, propone ahora un juego: la concesión de varios premios ficticios a los mejores trabajos proyectados en el Teatro Principal, unos galardones que bien podrían llamarse Dockies.

Y PREMIO ESPECIAL DEL JURADO
Oro, plata y bronce

El jurado del diario NOTICIAS DE GIPUZKOA, integrado por las dos retinas del arriba firmante, decidió entregar el Dockie de Oro a la película Soul Power (2008), por la genial descripción de Zaire 74, un macrofestival que reunió a músicos y cantantes negros de EEUU con artistas africanos. El director, Jeffrey Levy-Hinte, emplea exclusivamente las imágenes y los testimonios rodados en 1974 para urdir un poderoso relato histórico-musical donde sobresalen varias secuencias: el alucinante viaje en avión donde B.B. King, Celia Cruz y James Brown comparten asiento y jam session; las soflamas incendiarias a favor de la negritud de Muhammad Ali, que poco después del festival recuperó en Kinshasa el título mundial de boxeo frente a George Foreman; las electrizantes actuaciones de Brown, el exotismo y la entrega de los intérpretes africanos y el lamento emocionado y emocionante de Bill Withers cantando Hope she"ll be happier with him.

Por otro lado, Johnny Cash at Folsom Prison (2008), un excelente trabajo de Bestor Cram, recibió el Premio Especial del Jurado por documentar con profusa información el concierto más célebre ofrecido jamás en una cárcel. Por desgracia, la cinta no contiene imágenes en movimiento de la función de 1968 -¿cómo es posible que a nadie se le ocurriera grabarla?-, pero sí declaraciones de ex presidiarios y funcionarios que la presenciaron. El documental, además, desvela el extraordinario intento de redención de Glen Sherley, el cantautor preso de Folsom que escribió uno de los temas que Cash interpretó en la grabación realizada en el citado presidio californiano.

Por otro lado, el Dockie de Plata fue a parar a NY 77. The Coolest Year in Hell, por la trepidante descripción del convulso 1977, año en que Nueva York asistió a la eclosión del hip hop, la música disco y el punk, y el de Bronce a Edwyn Collins: Home Again, por narrar sin sensiblería la esperanzadora historia de superación del músico escocés que trata de regresar a los escenarios tras el derrame cerebral sufrido en 2005.

También son dignos de mención los documentales sobre Public Enemy y Anton Corbijn, y si hubiera que otorgar el Dockie de Chatarra -algo así como los premios Razzie, que son el reverso de los Oscar-, el peor filme sería Patti Smith. Dream of Life, que hace parecer a la genial artista un ridículo caricato de Muchachada Nui que lo mismo se sube a la tumba de Rimbaud que muestra las cenizas Mapplethorpe a la cámara.

CONCIERTOS, VÍDEOS Y FIESTAS
Otras consideraciones

The Sunday Drivers y su inmejorable directo encabezan otro palmarés ficticio, el de los conciertos del Dock of the Bay, que también recibió a J (vocalista de Los Planetas) y a Julia Cristina. Por último, los tapados de la edición fueron las animadas fiestas golfas de Le Bukowski y el hilarante vídeo promocional de Ángel Aldarondo: no formaba parte de la programación pero se proyectó en los intermedios y, de algún modo, se hizo con el Premio del Público.

Concierto de Julia Cristina en Gazteszena


Más turbación y raquetas

Se abre el telón y aparece una cantautora donostiarra que toca la guitarra y, con voz trémula, canta un tema llamado Más turbación. A su vera, siempre a la verita suya, descansan seis sillas con otras tantas raquetas. Tras ella, y durante toda la actuación, la gran pantalla proyecta una imagen fija en la que la artista aparece tumbada en una cama junto a otra raqueta. ¿De quién se trata? No hay dudas, es Julia Cristina, esa excéntrica intérprete que en su página de MySpace -echadle un vistazo para escuchar su bizarra propuesta- asegura que su estilo es una mezcla de "canción popular melodramática" con "música de sanación y meditación".


30 noviembre 2009

Concierto de J en el Teatro Principal


Un planeta y un satélite

El planeta, por supuesto, es J, y el satélite el teclista que actuó con él en la medianoche del sábado en el Principal, donde se escucharon algunos "cantecitos" andaluces, temas de Los Planetas en clave minimalista y versiones de gentes tan dispares como Kevin Ayers o Vainica Doble.