07 marzo 2012

Concierto de Elliott Murphy & Olivier Durand

Dos en la carretera

Por RUTH PÉREZ

EN
Dos en la carretera, Audrey Hepburn preguntaba a Albert Finney:

-¿Qué clase de personas son las que se pasan horas sin tener nada que decirse?

Y su futuro marido le respondía:

-Los matrimonios.

En 1967, el Zinemaldia concedió la Concha de Oro a la película de Stanley Donen, que evalúa el paso (y el peso) del tiempo en una relación de pareja. Un año antes, en el 66, Elliott Murphy debutaba con su primera banda en Nueva York. (Y Bob Dylan lo hacía por primera vez en París, donde era abucheado en el Olympia). En su hermoso concierto en Donostia el exquisito songwriter estadounidense, parisino de adopción, confesó que lleva 16 años con Olivier Durand, con quien desayuna "más" a menudo que con su mujer. Desconocemos el estado de su matrimonio, pero su vínculo con el guitarrista francés parece el de dos viejos bailarines con un compás propio (en algunos momentos de la velada, literalmente).

Exhibieron su complicidad en un escenario casi minimalista, cuya desnudez se antojaba propicia para enmarcar sus canciones sin artificio, honestamente sofisticadas. Los temas de Murphy, prolífico poeta con voz de texturas prodigiosas, pertenecen a esa clase de música que atrapa por sorpresa en un bar e impele a preguntar quién es, o que sirve para ilustrar una escapada largamente esperada. Como las deliciosas Take the devil out of me, You're never know what you're in for o You don't have to be more than yourself, en el que ambos se permitieron una coreografía sincronizada, hubo timidísimos coros del público -el entusiasta de la séptima fila salvó la honra del respetable- y la consecuente ironía de Murphy sobre las "salvajes" noches de los martes en Donostia.

Además de lucirse con sus punteos amplificados y soportar con estoicidad las bromas de Murphy sobre su sustitución de Springsteen -en Everything I do- y el parecido -en lo malo- entre su ciudad natal, Le Havre, y Nueva Jersey, Durand disfrutó de lapsus protagonistas como en el arenoso rhythm&blues Take your love away. El músico neoyorquino presentaba Elliot Murphy -"¿Por qué un disco con mi nombre tras 36 años de carrera? ¡Para que no se me olvide el título!"- pero regaló Then you start crying, un avance de su próximo álbum, el número 30 de su carrera. La doliente Diamonds by the yard cerró un recital de casi hora y media, con un formidable epílogo de veinte minutos. La falta de artificiosidad tocó techo en los bises sin micrófono, que contenían guiños a Dylan (Blind Willie McTell) y a Neil Young (Rockin' in the free world), y la imprescindible Green River. Y por primera vez sin que tuvieran que reclamárselo desde el escenario, el público del martes por la noche se puso en pie.

Ayer repetían en Madrid y el domingo les espera Tudela, destino pronunciado por Murphy con un acento tan encantador que habría convencido a Hepburn y Finney para hacer una parada en su periplo. Un viaje quizás en silencio, pero con banda sonora compartida.

Concierto de Willis Drummond en Gazteszena

Yeah!

03 marzo 2012

Fotos brumosas en Donostia


Quince minutos de niebla

Quince fotos durante quince minutos de niebla. No pudo ser más porque es el tiempo que tuve ayer entre una rueda de prensa en el Kursaal, que terminó pasadas las 11.30 horas, y otra que comenzaba a las 12.00 horas en el Aquarium. No llevaba la réflex conmigo pero sí la Lumix LX3 que de tantos apuros me ha sacado, así que aún pude captar varias instantáneas de la playa de la Zurriola, el puente del Kursaal y sus terrazas (con homenaje al amigo Rafa Herrero incluido). En alguna de ellas el efecto de la bruma hace que parezcan pinturas impresionistas o fotografías en blanco y negro.

Llevaba tanta prisa que incluso disparé la cámara desde la moto mientras esperaba a que el semáforo se pusiera verde. Se me quedó en el tintero una toma general del Paseo Nuevo con la escultura de Oteiza como protagonista. Pensaba hacer esa foto al terminar la entrevista del Aquarium con Daniela Garretón -su exposición Alamar es altamente recomendable-, pero al salir la niebla casi había desaparecido en apenas media hora. Todo muy efímero...

21 febrero 2012


Aquellas cálidas vacaciones de febrero

Fecha y lugar.
17/02/12. Centro cultural Intxaurrondo. Donostia. JOSH ROUSE. Josh Rouse (voz y guitarras), Caio Bellveser (bajo, acordeón, voces), Xema Fuertes (guitarra, banjo, batería, voces). NAPOKA IRIA. Ander Mujika (guitarra), Miren Narbaiza (voz y guitarra). Aforo. Más de media entrada.

LA
última vez que visitó Donostia en octubre de 2010 lo hizo con idénticos compañeros pero en formato desenchufado. Tras la corta pero deliciosa sesión del dúo Napoka Iria, el viernes Josh Rouse se decantó por una fórmula intermedia que puso la electricidad de su Fender Telecaster al servicio de una irresistible colección de canciones ricas en matices y coloridos arreglos. El secreto del estadounidense nacionalizado en Valencia parece descansar en su talento para crear pegadizas, delicadas y elegantes melodías que se integran en la vida de quienes las escuchan con tremenda facilidad y felicidad. Bastaba con ver las generosas sonrisas de quienes en primera fila tarareaban esas tonadas pop que tan bien conjugan elementos del jazz, la bossa-nova y otros estilos.

En Intxaurrondo repasó la mitad de su último disco, Josh Rouse & The Long Vacations (2011), bautizado con el nombre de la banda que le acompaña. Bellveser (bajo, acordeón) y Fuertes (banjo, batería, guitarra) no solo mostraron su destreza de polifacéticos instrumentistas en piezas como To the Clock, to The City, Oh, Look What The Sun Did! y Diggin' in the Sand; también realizaron un trabajo esencial en los coros que, sumados a la siempre atinada la voz de Rouse, propiciaron armonías vocales más que bellas. Por supuesto, tampoco faltaron éxitos de sus discos más celebrados y temas como 1972, Quiet Town o Lemon Tree sonaron maravillosos.

Sentado en la banqueta del batería, Josh ofreció un breve set en solitario y con la guitarra acústica. Quiso complacer al espectador que le había pedido Come back y comenzó a tocarla a pelo; pero hacia la mitad se detuvo, volvió a coger la eléctrica e hizo regresar a sus músicos: "Esta canción necesita un bajo". Y así, de manera fresca y divertida, transcurrió un concierto de ritmos soleados y luminosos, una bonita función que los espectadores vivieron con el relajo de los grandes e inolvidables días de asueto. Como unas breves pero cálidas vacaciones de febrero.

Publicado en el periódico Noticias de Gipuzkoa.