18 octubre 2010

Resumen resumido del Festival Donostikluba 2010

Música tan cercana que puedes tocarla

QUEDABAN
un par de horas para que el domingo amaneciera cuando el Festival San Miguel Donostikluba (en adelante San Donostikluba) echó el telón hasta el próximo año. Una vez más, han sido varios días de magníficos y variados conciertos que han convertido la Sala Gazteszena en santuario de un público ávido de emociones musicales. La edición de 2010 comenzó el fin de semana pasado con el rap de Gabylonia y la party reggae con la que Morodo y los Revolutionary Brothers cosecharon éxito y llenazo total el viernes. Al día siguiente, Joan Colomo ofreció un sorprendente y lúdico recital a base de voz, guitarra y divertido storytelling, mientras que The Last 3 Lines, Standstill y Eric Fuentes cargaron el ambiente de electricidad e intensidad en un festival en el que el rock no ha estado tan presente como otros años.

El segundo finde de San Donostikluba comenzó el jueves con la actuación de Corazón y el fantástico happening de Single, que sirvió una suculenta ración de pop heterodoxo en la que Ibon Errazkin lució peluquín y Teresa Iturrioz brilló ampliamente, por su maravillosa voz y por los distintos trajes que lució. El viernes, en la noche folk por excelencia, el donostiarra The Indio teloneó con encanto y solvencia al estadounidense Damien Jurado, que protagonizó la más bella y emocionante sesión de esta edición. Actuó sin banda de acompañamiento, sólo con voz, guitarra y dos micros (uno de ellos con efecto de eco), pero sus melodías hicieron estremecerse a un público que acabó estrechando sus manos al final del concierto: una imagen válida para capturar la esencia de un festival en el que la música se disfruta de modo tan cercano que puedes tocarla. También gustó Josh Rouse, que en formato de trío (guitarras y contrabajo) vistió su folk de ritmos latinos, bossa-nova y hasta soul, e hizo los bises al borde del escenario, cantando sin enchufes ni micros en otro momentazo del certamen. Ya el sábado, el más santo de los festivales musicales se despidió a lo grande con las propuestas de Klaus&Kinski, Joe Crepúsculo y el éxtasis ruidista de Triángulo de Amor Bizarro. En 2011, más y mejor. Será difícil pero no imposible para un evento tan necesario y genial como Donostikluba.


17 octubre 2010

Concierto de Guns N' Roses en Donostia



Ni tan encasquillados, ni tan mustios
Fecha y lugar. 10/10/10. Velódromo de Anoeta. Donostia. Intérpretes. Axl Rose (voz), Frank Ferrer (batería), Tommy Stinson (bajo), Richard Fortus (guitarra), Ron Bumblefoot Thal (guitarra), Dizzy Reed (guitarra), Chris Pitman (teclados), Dj Ashba (guitarra). Incidencias. El concierto comenzó con más de dos horas de retraso. La organización contabilizó unos 4.500 espectadores.

ES
un clásico. Cualquier crónica de una actuación de Guns N" Roses incluye forzosamente alusiones al tiempo que la banda tardó en saltar al escenario, y estas líneas, por supuesto, no son una excepción. Una injustificable demora en la llegada de los camiones que transportaban el material escénico a Donostia retrasó el inicio del concierto más de dos horas y provocó que los espectadores tuvieran que hacer cola bajo un respetable aguacero. El público aguantó estoico y, aunque tuviera pleno derecho a mosquearse, no alcanzó el extremo de citas en las que se ha practicado el lanzamiento de botellas contra Axl Rose o incluso se ha arrasado el mobiliario del auditorio.
Al filo de las 21.30 horas, Sebastian Bach, ex vocalista de Skid Row, apareció en escena para protagonizar 60 minutos de heavy canónico: aullidos imposibles, melena al viento y solos guitarreros de infarto. "Estamos muy contentos en la ciudad con el nombre más bello", repetía una y otra vez, feliz por tocar en una localidad que se llama como él.
Los Guns -o lo que queda de ellos, ya que Axl es el único miembro primigenio de la empresa fundada en 1985- salieron arrolladores al ritmo de Chinese Democracy, que presta el título a su último y denostado álbum. De él tocaron media docena de canciones como Sorry, Shackler"s Revenge o Madagascar, que fueron más bien ignoradas por una audiencia ávida de clásicos. El primero, Welcome to the Jungle, no tardó en sonar, y estuvo acompañado por un apabullante despliegue pirotécnico, con proyecciones, llamas y fuegos artificiales. Luego llegó Mr. Brownstone, también de su álbum de debut, Appetite for destruction (1987), que tuvo un especial protagonismo, pues también cayeron It´s So Easy, Rocket Queen, Sweet Child O" Mine, Nightrain y Paradise City. Del díptico Use Your Illusion (1991) tocaron Live and Let Die (la versión de McCartney), You Could Be Mine (de la banda sonora de Terminator 2), November Rain (con Axl al piano) y Knocking on Heaven"s Door (de Bob Dylan). Faltó -lástima- la evocadora Civil War que, sin embargo, sí tocó el disidente Slash en el Azkena Rock de Vitoria de junio.
Se echa en falta la presencia de quien fuera arquitecto del sonido Guns N" Roses -no en vano, uno de los actuales guitarristas, DJ Ashba, parece querer imitarle, en las poses y en el sombrero de copa que cubre su cabeza-, pero Rose hace un buen papel como animal escénico que siempre fue. Algo fondón, con mostacho motero y un amplio catálogo de sombreros y pañuelos, el pelirrojo no llega a algunos agudos, entra y sale constantemente del escenario -quizá para inhalar oxígeno o doparse con solomillo irundarra-, pero por suerte, y en contra de todo pronóstico negativo, conserva su voz en mejor estado del esperado. Y no deja de correr, saltar y bailar durante dos horas y media de trepidante show. Los revólveres de Axl Rose pueden no ser tan mortíferos como en el pasado, pero a juzgar por lo visto y escuchado el domingo, no están tan encasquillados como algunos pregonan. Y tal vez sus rosas no mantengan la frescura y la fragancia de antaño, pero tampoco parece justo asegurar que son flores mustias.
Quizá sea por los prejuicios y las bajas expectativas con las que algunos acudieron al concierto, pero la banda suena enérgica y rotunda, y sus miembros van sobrados de actitud, también en los interludios donde lo mismo rockerizan a James Bond y La Pantera Rosa que evocan el Another Brick in the Wall de Pink Floyd. Aunque muchos de quienes presenciaron la gira de hace cuatro años hablaron de auténtico desastre, los Guns N" Roses de 2010 siguen ofreciendo un espectáculo más que digno tanto para el fan más ultra como para el aficionado de base.
Tras revisitar el Nice Boys de los Rose Tattoo, sonaron, ya en los últimos bises, el baladón Don"t Cry, la versión espídica del Whole Lotta Rosie de AC/DC y el himno Paradise City, que concluyó con más fuegos de artificio y una formidable lluvia de confeti rojo, una suerte de october rain. Para entonces, pocos -por no decir nadie- recordaban ya el retraso de dos horas y daban por amortizados los 60 euskos de la entrada.
Publicado originalmente aquí.

16 octubre 2010

Adiós 'fotero' a Solomon Burke (1940-2010)


Solomona hiru!

El domingo pasado, cuando terminé de rebuscar en el archivo las imágenes de mis tres conciertos de Solomon Burke, me di cuenta de que en cada una de las funciones había empleado cámaras de fotos diferentes. A mi primera vez, en la Plaza de la Trini de Donostia (julio, 2003), llevé mi vieja compacta Olympus; tres años después, también en el Heineken Jazzaldia y en el mismo escenario (julio, 2003), utilicé la Nikon D70s, mi primera réflex digital; y este año, en el Hondarribia Blues Festival (julio, 2010), la Nikon D300. He escogido, casi al azar, una instantánea de cada sesión para formar el tríptico que encabeza estas líneas y que me ha servido para ilustrar este post de tributo que hemos colgado hoy en el blog de Mirarte (Noticias de Gipuzkoa).

Goian bego, Solomon Burke!!!

29 septiembre 2010

Concierto de U2 en Donostia


U2 y su giro de 360 grados

Fecha y lugar.
26/09/10. Estadio de Anoeta. Donostia. Intérpretes. Bono (voz y guitarra ocasional), The Edge (guitarra y teclados), Adam Clayton (bajo) y Larry Mullen (batería). Incidencias. Cerca de 45.000 personas completaron el aforo del estadio. El concierto de los teloneros Interpol, rock guitarrero, desenfadado y con un toque personal, duró una hora exacta y gustó al público. Cuando U2 salió a escena a las 22.00 horas sonó enlatada la canción Space Oddity, de David Bowie. Algunos espectadores se quejaron de la poca visibilidad y de la mala calidad de sonido desde algunos puntos del estadio de Anoeta. Durante varios minutos después del concierto resultó difícil utilizar los teléfonos móviles por la saturación de líneas. A la salida, también se produjo un importante atasco de tráfico en el barrio Amara.


NO
falla nunca. Todos los conciertos del U2 360º Tour comienzan con The Return of the Stingray Guitar, una introducción instrumental inédita que Bono aprovecha para saludar a la audiencia y exhibir su interminable catálogo de poses. Con la misma indumentaria de cuero e idénticas gafas negras, el cantante corretea alegre cual dibujo animado que recolecta bayas silvestres: sólo le falta el cesto colgado del brazo. Durante dos horas, sus compañeros de fatigas también se pasean por el mastodóntico escenario circular, que casi funciona como metáfora de la situación de una banda que hace tiempo que camina en círculos.

Con todo, la actuación de anteayer en el estadio de Anoeta era un triunfo cantado de antemano. Los irlandeses habían agotado el aforo -45.000 almas- y no tuvieron que hacer grandes esfuerzos para ganarse a un público que venía convencido de casa. La gran mayoría disfrutó enormemente del show sin plantearse qué le ha sucedido a una formación que antaño fue grande y ahora camufla con megalómanos montajes futuristas una música que no arriesga como antaño y que, en realidad, mira más al pasado que al presente.

A favor de U2 puede decirse que su tercera visita resultó más compacta y estimulante que la de 2005, que fue frustrante para quienes en 1992 aún andaban en pañales musicales y no disfrutaron de la primera incursión donostiarra del cuarteto. Por fortuna, el domingo Bono se distanció un poco de la brillante imitación de Muchachada Nui ("Me comprometo con movidas humanitarias a cascoporro") y no convirtió su actuación en un coitus interruptus de arengas mesiánico-solidarias. Si entonces sólo le faltó pedir mensajes sms para salvar la ranita meridional, esta vez sus dosis de millonaria humanidad fueron administradas de modo más sutil, a través de la música y la proyección de imágenes del pacifista sudafricano Desmond Tutu o la activista birmana Aung San Suu Kyi.

La puesta en escena fue deslumbrante gracias al sofisticado juego de pasarelas, luces y pantallas que parecían transformers. Con su chorro de voz intacto, a Bono se le vio siempre entregado, invitó a una chica a subir con él y al final utilizó un elegante micrófono luminoso que descendió de los cielos. Sus escuderos The Edge, Adam Clayton y Larry Mullen estuvieron siempre al quite. Según recordaron, el sábado se habían cumplido 34 años desde que los cuatro se conocieron, así que la noche que tildaron de "fantástica" sirvió para celebrar un masivo cumpleaños feliz.

En lo estrictamente musical, el repertorio pareció más acertado que el de cinco años atrás, pero se echaron en falta títulos como New Year"s Day o Pride (In The Name Of Love) y hubo que pagar el peaje de escuchar canciones menores de sus últimos discos. Se sucedieron, entre otras, piezas como Beautiful Day, Get on Your Boots, Elevation, Vertigo y Mercy, otra inédita. Gustaron Spanish Eyes (hacía años que no la tocaban), la sobrecogedora One (con Bono a la guitarra e imágenes antiguas de la banda) y los clásicos ineludibles como I Still Haven"t Found What I"m Looking For o With Or Without You. Pero lo mejor de la velada para quien suscribe fue Sunday Bloody Sunday, Where the Streets have no name y I Will Follow, himnos tan majestuosos como emocionantes. Lo peor, sin duda, el fin de fiesta con Moment of Surrender, una balada saturada de edulcorante con un estribillo digno de los Backstreet Boys. Incomprensible pese a la bella estampa que formó la vía láctea de teléfonos y cámaras de fotos brillando en la oscuridad.

Tras dos horas clavadas se hizo la luz y una legión de operarios comenzó a desmontar el escenario casi sin dejar que los artistas lo abandonaran. The show must go on y hay que llevar los trastos a la siguiente ciudad para que la caja de la banda más rentable siga desbordando pasta. Todo apunta a que U2 continuará dando vueltas en su desmesurada noria de 360 grados y aunque sea casi una quimera, a muchos nos gustaría que su próximo quiebro fuera de 45, 90 o incluso 180 grados: cualquier cosa menos seguir girando erráticamente para regresar al mismo lugar.

24 septiembre 2010

Una visión de Michael Moore en la revista del Zinemaldia


Reivindicación con palomitas

“Un libro en manos de un vecino
es como un arma cargada”
(Fahrenheit 451, Ray Bradbury)

La tendencia afortunadamente está cambiando, pero los festivales nunca fueron muy proclives a seleccionar ni premiar documentales en sus apartados competitivos. Michael Moore, en cambio, logró la Palma de Oro de Cannes con Fahrenheit 9/11 (2004), un artefacto cinematográfico preparado para ser detonado en el mismísimo hocico de George W. Bush. Sus fotogramas revelaron los supuestos vínculos económicos de la familia del presidente con los Bin Laden, criticaron el recorte de libertades tras los atentados del 11-S y denunciaron que sólo la sed de petróleo y dólares motivó las invasiones de Afganistán e Irak.

El filme adolece de los conocidos vicios del orondo documentalista. Tanto si dispara contra el culto a las armas de fuego en su país, como si arremete contra el capitalismo o el enfermo sistema sanitario estadounidense, Moore derrapa siempre con su populismo, demagogia y maniqueísmo. Basta recordar el final de la notable Bowling for Columbine (2002), en la que acorralaba al difunto Charlton Heston, entonces presidente de la Asociación Nacional del Rifle, y casi le hacía parecer culpable de la matanza del instituto. Fahrenheit 9/11 contiene desde episodios excesivamente desgarradores, como el de la madre que ha perdido a su hijo en Irak, hasta otros hilarantes, como el que muestra al cineasta invitando a los congresistas a alistar a sus vástagos en el ejército. Y todo aparece impregnado por la constante presencia ante la cámara de un director egocéntrico que otorga pleno sentido al neologismo “yocumental”.

Ello, sin embargo, no debe impedirnos apreciar que la gorra y las gafas de Michael Moore esconden una mente y una mirada tremendamente inteligentes. No puede ser tonto un señor que inicia su película con imágenes de los miembros del gabinete Bush maquillándose –ya se encargará él de hacer caer sus infames máscaras– ni es mediocre quien disecciona con tanto acierto la alelada reacción del presidente cuando le comunican que las Torres Gemelas han caído. Además, su cine maneja sabiamente los resortes de la narración, la música y el montaje, pero, sobre todo, es entretenido: no renuncia a mezclar reivindicación con palomitas.

Para los sectores más reaccionarios y conservadores de EEUU los documentales de Moore representan, pese a sus veleidades panfletarias, un arma tan peligrosa como lo eran los libros de la sociedad descrita por Ray Bradbury en su novela Fahrenheit 451. Por eso se antoja necesaria la labor de un realizador con un fin –contar verdades desconocidas por muchos de sus compatriotas– que quizá justifica los medios empleados y el trazo grueso con que dibuja sus trabajos. Ahora está por ver si se mantiene crítico con la Administración Obama o, por el contrario, contra Bush filmaba mejor.

13 septiembre 2010

Concierto de Atom Rhumba en Donostia


Rhumba de ultratumba

Fecha y lugar. 10/09/10. Gazteszena. Donostia. Intérpretes. Rober! (guitarra), Iñigo Cabezafuego (bajo), Natxo Beltrán (batería), Joseba Irazoki (guitarra), Joe González (saxo). Nota. Antes de Atom Rhumba tocaron Mantisa y Chico Boom.


EL
inicio del curso musical 2010-2011 no resultó tan multitudinario como cabía esperar. Tal vez fueron los 15 euros de la entrada o quizá la necesidad de ser selectivos ante un otoño que promete un obsceno superávit de conciertos, pero el viernes la sala Gazteszena lució un aspecto un tanto desangelado en la presentación de Donostikluba: mucho espacio libre en las primeras filas e incluso en la barra del bar…

Una pena. Porque quienes optaron por hacer pira en la vuelta al cole se perdieron el conciertazo en el que, tras dos años de inactividad, Atom Rhumba presentaba nueva formación e inminente álbum, Gargantuan melee, que, a juzgar por lo visto y oído, será otro trallazo sónico. Que la banda vizcaíno-navarra haya menguado de seis a cinco individuos y que Iñigo Cabezafuego haya cambiado las teclas por las cuatro cuerdas no ha restado un ápice de energía a un grupo que, además, ha ganado enteros con la incorporación de Joseba Irazoki a la guitarra. Cualquiera diría que el virtuoso beratarra lleva toda la vida girando con sus nuevos compañeros, porque el ensamblaje es perfecto y el combo suena como de costumbre: incendiario, pantanoso, primitivo y varios adjetivos molones más.

Lo mejor de los rhumberos es que carecen de complejos a la hora de profanar fronteras entre los distintos géneros musicales. Entienden el rock en su sentido más amplio, y aunque sus últimas canciones puedan parecer más punks, o más urgentes, continúan disparando contra cualquier ritmo que se les ponga a tiro, sin renunciar ni al ruido ni a la melodía. Si alguien nos forzase a acotar el terreno, casi diríamos que practican un rhythm and blues gutural, subterráneo e irresistiblemente sucio, como de ultratumba, con un poliédrico vocalista (Rober!) que unas veces canta en falsete y otras parece un Tom Waits pasado de Lizipaina. Y un músico de pulmones generosos (Joe González) que desata un vendaval sonoro cada vez que sopla el saxo tenor.

Conclusión. El de Atom Rhumba sigue siendo uno de los directos más libérrimos, contundentes y recomendables de la escena vasca. Rock personal al margen de las modas, música elegante y, sobre todo, visceral.

Enlace original aquí.

02 agosto 2010

Concierto de Mark Knopfler en Bilbao

Mi reino por un punteo

Fecha y lugar.
30/07/10. Plaza de Toros Vista Alegre. Bilbao. Intérpretes. Mark Knopfler (voz y guitarras), Guy Fletcher (teclados, guitarras), Richard Bennett (guitarra, ukelele), Glenn Worf (bajo), Danny Cummings (batería), Matt Rollings (piano, teclados, acordeón), John McCusker (violín, bouzouki, mandolina) y Michael McGoldrick (flautas, gaita). Incidencias. Asistieron unas 6.500 personas. Además del merchandising habitual, tras finalizar la función se podía adquirir, al precio de 25 euros, una llave USB con la grabación del concierto.


Mark
Knopfler siempre tuvo querencia por el folk, los ritmos de raíz celta y el country. Lo demostró incluso cuando aún lideraba Dire Straits y publicó bajo su nombre varias bandas sonoras y una celebrada colaboración con Chet Atkins, aunque hasta la disolución del grupo en 1995 no pudo lanzarse de lleno a la búsqueda de una propuesta que no primara el protagonismo de su virtuosa guitarra, sino el hallazgo de melodías más modestas pero rebosantes de matices.

Un ejemplo perfecto de ello es Border Reiver, la balada con la que comienza su último trabajo en solitario, Get Lucky (2009) y que inauguró el viernes su concierto de la plaza de toros de Bilbao. Respetó, casi hasta el último acorde, el esquema de su presente gira, marcada por la falta de dinamismo de un Knopfler obligado a actuar sentado en un taburete debido a una lesión de espalda. En What it is y Sailing to Philadelphia empleó la Fender Stratocaster y después alternó algunas de sus 70 guitarras, entre ellas un dobro mellizo del de la portada del disco Brothers in Arms. Sin embargo, lo que aportó verdadera entidad a la velada fue la robusta banda de músicos que, en temas como Coyote o Hill Farmer"s Blues, aprovecharon la flauta, el violín, el acordeón, la gaita y otros instrumentos para propiciar una escapada sonora desde las Highlands al profundo sur de EEUU, pasando por Portobello Road.

El momento que esperaba el 99,9% del público llegó cuando unos acordes de piano sugirieron el inicio de Romeo and Juliet y la audiencia rugió de felicidad. Para cuando el escocés rasgó las seis cuerdas el coso estaba ya iluminado por cientos de teléfonos móviles, sustitutos de los mecheros que antaño prestaban lumbre a las canciones lentas del rock. El "oe-oe-oe" y los aplausos fueron tan atronadores que el guitarrista les puso música, casi como si de un jazzman se tratara, con una juguetona melodía improvisada. Luego desempolvó un segundo hit de Dire Straits, Sultans of Swing, y la intensidad de su legendario punteo final -uno de los más aplaudidos de la historia- puso en pie a la plaza. Sultán, rey o califa. Tanto da: sigue tocando con tanta destreza y elegancia como cuando llevaba aquella horrible cinta en la frente para evitar el sudor. Y sin púa.

A modo de interludio interpretó Done with Bonaparte, una tonada celta que parecía extraída del cancionero de The Chieftains, y Marbletown, con la que la función adquirió visos de country-western. Speedway at Nazareth fue, quizá, la más formidable de las piezas de su repertorio propio, por la energía con la que acometió su desarrollo instrumental -con unos riffs grandiosos- y por su carácter de puente entre el Mark sosegado y folkie de la actualidad y aquel eléctrico músico que hace 25 años colapsaba estadios al frente de Dire Straits. Ya en la recta final, el guitar hero dio de comer al hambriento público otros tres éxitos de su extinta banda, Telegraph Road, Brothers in arms y So far away, condimentados con algún arreglo nuevo pero, en general, muy fieles a los originales.

Piper to the end, la nana celta que rubrica su último trabajo, fue también el tema final del concierto. Tal vez Knopfler quiso recordar cuál es su apuesta actual, pues si años atrás fue un alquimista esforzado en escribir algunas de las páginas más memorables del rock guitarrero, su objetivo ahora es encontrar la piedra filosofal con la que tallar composiciones tan redondas como, por ejemplo, Danny Boy, el centenario himno irlandés de origen incierto. Sus incondicionales respetan y aprecian el giro dado a su carrera, pero no le perdonarían una ruptura total con el pasado. De ahí que esté condenado a conciliar lo que realmente le apetece hacer con la necesidad de complacer a todos los espectadores que cambiarían su reino por un punteo de Dire Straits.

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