07 noviembre 2011

Cierre del Kutxa Kultur Festibala (y II)

Gritos y susurros

EN el capítulo anterior -léase con ampulosa voz en off de serie televisiva- escribíamos que el sábado la última jornada del primer Kutxa Kultur Festibala se abría con las actuaciones de Rock Privado, cuya solvente propuesta mereció más espectadores, y de Krell, que ejecutó con acierto ritmos tan oscuros como bailables. Ya con el auditorio más concurrido llegaron dos bandas amigas que presentaban trabajos inminentes: los donostiarras Thee Brandy Hips, cuyo prometedor disco Raincoat esperamos ya como agua de enero o febrero de 2012, y los getxotarras We Are Standard, que en dos semanas lanzarán su luminoso Great State, del que también dieron buena cuenta el sábado.

Para el capítulo final de hoy dejábamos las dos últimas funciones, Fanfarlo y Primal Scream. A los primeros habría sido una delicia escucharles antes del fiestón de los Standard y/o en un auditorio más reducido y silencioso, para captar mejor los matices de ese indie folk vestido con trompeta, saxo y violín. Los muchachos (y muchacha) londinenses son sólidos multi-instrumentistas y artesanos de hermosas melodías, pero en demasiadas ocasiones su elegante y suave música se perdía como un susurro en la marabunta de espectadores deseosos de bailar y gritar primariamente.

"I was blind, now I can see / You made a believer, out of me". El aullido gospel de Bobby Gillespie invadió cada rincón de Anoeta y, para regocijo de todos los creyentes de Primal Scream, la pantalla proyectó la icónica imagen de la portada del influyente disco Screamadelica (1991) al ritmo del espiritual Movin' On Up. Lo que vino después fue la fogosa y ecléctica recreación de una obra maestra del rock contemporáneo que los escoceses no repasaron en orden, sino dejando lo mejor para el final. Así, después de hacer bailar al personal a base de dub, house, rock y música dance (Slip Inside This House y Don't Fight it, Feel It), el larguirucho de la camisa de papel albal serenó a la concurrencia con las lentas -bellas pero también susurrantes- Damaged, I'm Comin' Down e Inner Flight, que contaron con sus maravillosos y respectivos pasajes de órgano, saxo y flauta travesera.

El bajista Mani saludó a los asistentes al combativo grito de "Freedom for the basques!" antes de que la función recuperara el tono con la enorme Higher than the sun, de la que encadenaron la versión normal y la dub, quizá demasiado estirada pero festivamente lisérgica y con un velódromo ya en danza desaforada. Justo en pleno subidón de la rave un descerebrado tiró un katxi de cerveza a Gillespie, que respondió a la provocación lanzándole las maracas y alcanzando a algún espectador inocente. Cosas del rock and roll… Y aún quedaba lo mejor. Primero sonó, descomunal, Loaded, con sus vientos y coros pregrabados y los míticos diálogos de The Wild Angels. La traca final no fue Shine Like Stars, la única pieza del Screamadelica que no desempolvaron, sino el himno Come Together, coreado por los feligreses con fervor místico. "To-ge-ther as One…", cantaban una y otra vez los creyentes con los brazos en alto mientras emergía de nuevo en la pantalla la imagen de la portada del disco, adorada como un ídolo profano.

Tras el preceptivo respiro, regresaron para ofrecer tres grandiosos bises al margen del disco revisitado. Plagadas de riffs stonianos y de rock de la vieja escuela, con un Bobby sobrado de forma y actitud, Country Girl, Jailbird y Rocks sonaron como tres auténticos pepinazos y sembraron la duda de si no habría sido mejor alternar éxitos de varios trabajos en lugar de hipotecar prácticamente todo el show al Screamadelica. Con todo, y durante siete horas, el ambiente fue inmejorable, la organización de la cita más que notable y la acústica del recinto sorprendentemente buena. Es hora ya de iniciar las cábalas en torno a los grupos que visitarán la ciudad el próximo año durante el segundo Kutxa Kultur Festibala. Hagan sus apuestas…

Publicado en Noticias de Gipuzkoa el 7 de noviembre de 2011.

06 noviembre 2011

Cierre del Kutxa Kultur Festibala (I)


Seis horas musicales

DURANTE casi 30 años y hasta hace tres, el Velódromo de Anoeta acogía en febrero un espectáculo deportivo bautizado como Las Seis Horas de Euskadi. El Velódromo recuperó ayer el formato festivo de las sesiones interminables, superando ampliamente esa media docena de horas y reemplazando el entusiasmo eléctrico del ciclismo de pista por la emoción intrínseca de la música.

Más de 2.000 personas asistieron anoche a la intensa traca final de Kutxa Kultur Festibala, aunque a los grupos más madrugadores les tocó pelear en un ambiente más desangelado. Rock Privado, que saltó al escenario a las 18.00 horas, actuó ante una audiencia, efectivamente, casi privada. La banda donostiarra desplegó su receta de rock clásico, acompañada en esta ocasión por el saxo de Roberto Pacheco, que aportó un color especial al sonido del grupo. Su propuesta, tan honesta como bien ejecutada, mereció ser más pública.

A las 19.00 horas, tras un breve intérvalo amenizado por megafonía con Wilco, que firmó el inicio perfecto de esta semana musical, hizo su aparición Krell y con ellos, los juegos de luces y de pantallas, y los primeros pasos de baile del personal. Su rock de influencias germánicas, que recuerda a la electrónica oscura de los 80 abanderada por Kraftwerk, impregnó los temas del concierto, todos del grupo donostiarra, salvo uno de Dunkelheit, la exbanda de Etor, su carismático cantante.

Thee Brandy Hips debieron de pensar que la jornada tormentosa que había deparado la meteorología era una señal para estrenar su disco Raincoat (Impermeable), que publicarán a principios del próximo año. Arriesgaron apostando casi en exclusiva por los temas nuevos -solo introdujeron uno de sus cosechas anteriores- y acertaron: sorprendieron gratamente con un sonido más compacto, con más desarrollos instrumentales, imprimiendo la sensación de haber dado un decisivo paso adelante.

Con un público que ya excedía del binomio familiares y amigos, ofrecieron una actuación muy profesional, apoyada en una gran interpretación y en temas prometedores como el adelanto que acaba de ver la luz, Dissolve your love in water.

Los siguientes en desfilar, We Are Standard, también tocaron el single de su nuevo disco -disponible el 29 de noviembre-, 7.45 (Bring me back home), que ya suena como apetecible aperitivo en las radios. Los getxotarras, tan solventes como siempre, regalaron un directazo, un show de alta potencia que provocó un movimiento sísmico general en las plantas de los pies de los asistentes, ayudados por el medio lleno del Velódromo que permitía circular y danzar sin apreturas.

Dirigidos por Deu Txakartegi, en su habitual pose provocadora -"¿De dónde venís? ¿De Andorra? ¿Solo vais a bailar con un grupo de todos los que estamos aquí?", espoleó al público-, We Are Standard se vació para inocular sus ritmos bailables sin necesidad de excesiva cacharrería electrónica, en temas como The last time, de su segundo disco, o, como rúbrica, la obligada versión de I´m waiting for the man de la Velvet Underground.

Aún quedaban por brillar en el diluvio musical Fanfarlo y Primal Scream, las estrellas más rutilantes del cartel, pero esta crónica -a la espera de la edición de mañana- se detiene aquí, rematada por el grito-guiño de despedida de Txakartegi, que propicia un inesperado cierre circular: Gora Indurain!

Publicado en Noticias de Gipuzkoa el 6 de noviembre de 2011.


05 noviembre 2011

Concierto de Wilco en Donostia


Wilco, Etc.

Fecha y lugar.
03/11/2011. Auditorio Kursaal. Donostia. Intérpretes. Jeff Tweedy (guitarra, voz), John Stirratt (bajo), Nels Cline (guitarras), Glenn Kotche (batería), Pat Sansone (guitarra, teclados), Mikael Jorgensen (teclados). Incidencias. Aforo completo. El telonero Jonathan Wilson ofreció un set de tres cuartos de hora y el de Wilco duró dos horas.

HABRÍAMOS ganado en tranquilidad sin leer ni media línea del aluvión de crónicas que los medios publicaron tras los conciertos de Wilco en Madrid y Barcelona. Tanto panegírico encendido y unánime sobre la-mejor-banda-de-rock-del-mundo-mundial solo sirvió para acudir a la cita del jueves en el Kursaal acogotado, con miedo y hasta cierto sentido de la responsabilidad. "¿Y si no me gusta? ¿Si tocan peor que en ocasiones anteriores?".

La respuesta llegó dos horas después de que Jeff Tweedy y sus apóstoles le echaran un par de acordes al comenzar con One Sunday Morning, esa irresistible balada de doce minutos capaz de desarmar al oyente más desalmado. Al borde del mutismo, -bajo su sombrero con pluma azul, el líder apenas se disculpó por su "horrible" castellano y dio "grasias" por la invitación a una ciudad a la que no les importaría mudarse-, ofrecieron después más temas del flamante The Whole Love (2011). Canciones como Art of Almost, I Might, Black Moon, Dawned on Me o Capitol City brillaron pulcras y con un nivel de perfección que a algunos ha terminado por parecerles obsceno. Es innegable que todo está meticulosamente medido y calculado en el show de Wilco, sin apenas espacio para la improvisación. Los riffs, las distorsiones, las caricias a la batería, las maravillosas armonías vocales, los efectos que escapan del arsenal de pedales de esa infalible bestia parda llamada Nels Cline, su magistral solo de Impossible Germany e incluso las lamparitas que se encienden cuando el pianista toca una u otra tecla en Ashes of American Flags... Poco o nada se deja al azar y las canciones, por poner una sola pega, suenan muy parecidas a las grabaciones de estudio.

Sin embargo, los de Chicago saben gestionar con inteligencia su virtuosismo, no para gustarse a sí mismos sino para hechizar al público, que es de lo que se trata. Y así, lo que en otras formaciones deriva en puro exhibicionismo, en Wilco resulta un espectáculo mayúsculo, en especial por ese juego de intensidades que manejan como nadie. La suya es una prodigiosa mezcla de contención y liberación, un tira y afloja con la audiencia a la que primero masajean y después sacuden con contundentes andanadas sonoras. A veces, incluso, ambas cosas -la tempestad eléctrica y la calma acústica-, acontecen al mismo tiempo. Como en esa sincronizada gema bipolar, Via Chicago, que en directo es una experiencia casi sobrenatural: uno solo puede asistir con los puños cerrados y el estómago constreñido a la imagen de Tweedy cantando y tocando la guitarra acústica mientras aguanta estoico el furioso chubasco musical desatado por sus compañeros.

Fue precisamente Yankee Hotel Foxtrot (2002) el segundo álbum que más visitaron para rescatar, entre otras, I am Trying to Break Your Heart, Radio Cure -tocada por primera vez en esta gira europea-, Heavy Metal Drummer o la soberbia Jesus, Etc. De otros trabajos discográficos recuperaron I´ll Fight, Hummingbird, Handshake Drugs y un colofón tan precioso como inesperado: The Lonely 1. Atrás quedaban las dudas y los miedos iniciales. La actuación del Kursaal fue maravillosa, épica, memorable, delicada, perfecta, emocionante y un largo etcétera de epítetos que, no por reiterativos o mayoritarios, resultan menos ciertos. Nunca asistir a un concierto previsible fue tan gozoso...

Crónica publicada el 5 de noviembre de 2011 en Noticias de Gipuzkoa.