










Música tan cercana que puedes tocarlaEl segundo finde de San Donostikluba comenzó el jueves con la actuación de Corazón y el fantástico happening de Single, que sirvió una suculenta ración de pop heterodoxo en la que Ibon Errazkin lució peluquín y Teresa Iturrioz brilló ampliamente, por su maravillosa voz y por los distintos trajes que lució. El viernes, en la noche folk por excelencia, el donostiarra The Indio teloneó con encanto y solvencia al estadounidense Damien Jurado, que protagonizó la más bella y emocionante sesión de esta edición. Actuó sin banda de acompañamiento, sólo con voz, guitarra y dos micros (uno de ellos con efecto de eco), pero sus melodías hicieron estremecerse a un público que acabó estrechando sus manos al final del concierto: una imagen válida para capturar la esencia de un festival en el que la música se disfruta de modo tan cercano que puedes tocarla. También gustó Josh Rouse, que en formato de trío (guitarras y contrabajo) vistió su folk de ritmos latinos, bossa-nova y hasta soul, e hizo los bises al borde del escenario, cantando sin enchufes ni micros en otro momentazo del certamen. Ya el sábado, el más santo de los festivales musicales se despidió a lo grande con las propuestas de Klaus&Kinski, Joe Crepúsculo y el éxtasis ruidista de Triángulo de Amor Bizarro. En 2011, más y mejor. Será difícil pero no imposible para un evento tan necesario y genial como Donostikluba.




















Una pena. Porque quienes optaron por hacer pira en la vuelta al cole se perdieron el conciertazo en el que, tras dos años de inactividad, Atom Rhumba presentaba nueva formación e inminente álbum, Gargantuan melee, que, a juzgar por lo visto y oído, será otro trallazo sónico. Que la banda vizcaíno-navarra haya menguado de seis a cinco individuos y que Iñigo Cabezafuego haya cambiado las teclas por las cuatro cuerdas no ha restado un ápice de energía a un grupo que, además, ha ganado enteros con la incorporación de Joseba Irazoki a la guitarra. Cualquiera diría que el virtuoso beratarra lleva toda la vida girando con sus nuevos compañeros, porque el ensamblaje es perfecto y el combo suena como de costumbre: incendiario, pantanoso, primitivo y varios adjetivos molones más.
Lo mejor de los rhumberos es que carecen de complejos a la hora de profanar fronteras entre los distintos géneros musicales. Entienden el rock en su sentido más amplio, y aunque sus últimas canciones puedan parecer más punks, o más urgentes, continúan disparando contra cualquier ritmo que se les ponga a tiro, sin renunciar ni al ruido ni a la melodía. Si alguien nos forzase a acotar el terreno, casi diríamos que practican un rhythm and blues gutural, subterráneo e irresistiblemente sucio, como de ultratumba, con un poliédrico vocalista (Rober!) que unas veces canta en falsete y otras parece un Tom Waits pasado de Lizipaina. Y un músico de pulmones generosos (Joe González) que desata un vendaval sonoro cada vez que sopla el saxo tenor.
Conclusión. El de Atom Rhumba sigue siendo uno de los directos más libérrimos, contundentes y recomendables de la escena vasca. Rock personal al margen de las modas, música elegante y, sobre todo, visceral.
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