Lobo eléctrico


















Fecha y lugar. 27/04/11. Sala Gazteszena. Donostia. THE DODOS.Meric Long (guitarra y voz), Logan Kroeber (batería y coros), Joe Haener (guitarra). EVOLS. Carlos Lobo, França Gomes y Nuno Santos (guitarras y voces).
GAZTEMANIAK brindó el miércoles una inmejorable oportunidad de cambiar el cada vez más tedioso "fútbol es fútbol" por un muchísimo más atractivo "rock es rock". El interesante programa doble de Gazteszena comenzó con la bacanal ruidista de Evols, un trío de Oporto que tiró de psicodelia de la buena para presentarse en sociedad con una música árida, turbadora y francamente deslumbrante. Además, los tres guitarristas -¡tres!- se entregaron al mantra y a la distorsión en la penumbra, con la única luz que proporcionaban unas proyecciones de lo más velvetianas.
A la cabeza del cartel, los californianos The Dodos mostraron su último disco, No Color (2011), con otra pistonuda sesión de ritmo y estrépito primario bombeada por el latido de la batería del carismático Logan Kroeber. En ocasiones, su contundente pegada ahuyentó las melodías esbozadas por su compinche, el vocalista y guitarrista Meric Long, y apuntaladas por el agregado Joe Haener, que rasgó las seis cuerdas casi sin moverse del sitio. Con todo, el directo fue vibrante, rotundo y muy divertido. Esto sucedía mientras los televisores del imperio retransmitían el enésimo choque entre los cachorros de Mou y los de Guardiola. Ajenos al muy banal ruido (futbolero), un grupo de irreductibles y gozosos melómanos resistía todavía y siempre al balompié...

Tan pronto como el espectador se percata de que el frontman carece de voz y de que la actuación se asemeja más a un coitus interruptus que a una libidinosa eyaculación de funk. Porque salvo un par de explosiones rabiosas, el show del miércoles en Gazteszena pareció un constante quiero y no puedo, sobre todo por los tediosos y prolongados intervalos en los que, más que cantar, Nakata se dedicaba a jadear y a jalear a los músicos de un grupo totalmente desaprovechado. No esperábamos mucho más que una divertida verbena de música negra tocada a la japonesa, y esta habría sido bienvenida si hubiera estado interpretada con carisma y actitud. Sin embargo, algunos abandonamos la sala con la sensación de haber asistido a un suicidio musical al más puro estilo kamikaze, pero sin ápice de heroísmo.












¿Está justificado el éxito arrollador de los tamborileros? Probablemente no, aunque su postpunk popero epató a un sector de la audiencia que parecía disfrutar de las melodías pegadizas y las danzas extravagantes de un frontman espasmódico y desaforado. Otra parte del público, en cambio, vio afectación en un show decepcionante, artificioso y pobretón en lo que al sonido se refiere... El que suscribe estas líneas prefiere situarse entre ambas posturas, porque a ratos The Drums resultaron descaradamente entretenidos y porque poseen varias canciones que, en disco, tienen su atractivo. El problema es que, defendidas en directo, dejaron la tibia sensación de que la experiencia no perdurará en la memoria y de que, pese a tanto bombo y platillo, los estadounidenses no son para tanto. Para futuras ocasiones, tengan cuidado con los hypes, que los carga el diablo (mediático) y luego pasa lo que pasa.