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02 noviembre 2010

Cuento dedicado a Bookhunterblog

Bookhunterblog, bitácora sobre libros que echó a andar hace un par de meses y la que deseamos la mayor de las fortunas, ha publicado una entrevista con el autor de este blog que pueden leer aquí. A modo de bonus track, este Humilde Fotero ha escrito el siguiente relato.

La maldición del hombre que lo leía todo


Érase una vez un hombre que lo leía absolutamente todo, no tanto por voluntad propia como por estar sometido a una terrible condena que le obligaba a devorar cualquier texto escrito. De niño, cuando aún no había aprendido a hablar, ya le hacía gestos a su madre para que pasara con mayor rapidez las páginas de las revistas del corazón. Cuando cumplió tres años no quedaba ni un solo volumen en las estanterías de casa que no hubiese pasado por sus manos, de manera que, con un fervor casi lunático y sin que nadie pudiera detenerle, se puso a leer las instrucciones de los electrodomésticos, los prospectos de las medicinas, las etiquetas de los envases de comida… Sus enrojecidos ojos se posaban sobre cualquier construcción gramatical que se cruzara en su camino.

Tanto sufría el chico porque no podía abandonar sus lecturas hasta concluirlas; tan febril y delirante era su hábito que los padres despojaron el hogar de toda forma de texto (novelas, calendarios, recibos, etc.) y lo confinaron en una habitación de paredes blancas sin elementos que pudieran sublimar su adicción. Sin embargo, un día que sus padres se despistaron logró escapar de su prisión y salió a la calle sin un rumbo definido. Quiso el fatal destino que sus pasos dieran con la recién inaugurada biblioteca de la ciudad, ubicada a escasos metros de su portal. Pues bien. El enfermizo lector entró en ella siendo un muchacho de nueve años y salió convertido en un desquiciado adulto de 51 que había empleado más de cuatro décadas en leer sin descanso miles y miles de libros. Completamente trastornado, el hombre consideró que sólo había un modo de romper la maldición y, cual Edipo moderno, se arrancó los ojos con sus propias manos.
Una cegadora oscuridad reinaba a su alrededor cuando despertó en la cama del hospital. Sentía un vacío insondable en las cuencas que un día albergaron sus ojos pero también era dueño de una paz desconocida que, por desgracia, no tardó en romperse en añicos. Percibió, por el olor que desprendía, que su ya anciano padre entraba en la habitación y, antes de que le hablara, sintió, sin llegar a oírlo, que rumiaba para sí: “Maldito hijo loco… Mató a su madre a disgustos y ahora terminará conmigo antes de que lo haga el cáncer de garganta”. Luego llegó la enfermera, que tampoco se había dirigido aún a él cuando la oyó pensar: “¿Por qué tiene que despertarse este tío justo en mi guardia?”. Y el doctor, mientras le inyectaba un calmante, cavilaba: “Menuda papeleta la de este desgraciado”. El pánico trepó incontrolado por su espinazo tan pronto como fue consciente de que sólo había logrado permutar una condena por otra: de ser un consumado devorador de escritos pasó a convertirse en ciego e involuntario lector de frases inscritas en mentes ajenas.

21 julio 2010

Un cuento de jazz

Cuando el otro día anuncié la creación de la Plastilina Jazz Band no recordaba que era mi segundo grupo, que hace ya varios años -no sé cuántos- formé otro combo, un sexteto en lugar de quinteto, que no estaba fabricado con plastilina, sino con tinta. Ahí va su historia.

Nueva Orleans, años 20

Corrían los años 20 en el sur de Estados Unidos. Una enigmática banda de Nueva Orleans, la Hell Jazz Band, revolucionaba el panorama musical de la época. Eran un sexteto frenético, tres pares de negros que ofrecían conciertos realmente endiablados. Sus admiradores se trasladaban desde tierras lejanas para disfrutar con sus asombrosas actuaciones y comprobar que la piedra angular de su éxito era la capacidad de improvisar sobre el escenario. Pero cometieron un error: negarse a tocar en el cumpleaños de Joe El Garfio La Ville, una especie de gángster local aficionado al vudú y a la magia negra.

Se negaron porque tenían apalabrado otro concierto en el orfanato de la ciudad ante niños y niñas que jamás habían escuchado una sola nota de jazz. El Garfio envió a varios matones a la inclusa. A tiro limpio, babeantes como perros rabiosos, irrumpieron en el edificio minutos antes de la actuación y secuestraron a la banda al completo. Llevaron a los músicos hasta la mansión donde se celebraba el cumpleaños del gángster y éste les invitó a tocar para él: se opusieron nuevamente. Tenían pendiente un concierto en el hospicio. La Ville montó en cólera y con una gamuza negra sacó brilló al garfio que reemplazaba a la mano que el cocodrilo de un pantano de Louisiana se le había merendado hace años. Pensó entonces que había llegado la hora de hacer un poco de vudú.

Tras recobrar el conocimiento, los seis músicos despertaron en un callejón oscuro envueltos en un aire que olía a embrujo. Enseguida se percataron de que algo había cambiado para siempre. El pianista comprobó horrorizado que le faltaban los dos brazos. El batería intentó en vano levantarse del suelo pero sólo tenía movilidad en las manos. El clarinetista vio su rostro reflejado en un charco. ¡Le habían desaparecido los labios y la boca! El guitarrista sólo tenía un brazo y el contrabajista carecía de dedos en las manos. El trompetista sintió un dolor en el pecho, tosió dos veces y su pañuelo apareció empapado en sangre: tenía tuberculosis. El tiempo apremiaba y sabían que una horda de niños aguardaban impacientes para presenciar su concierto. ¿Pero qué podían hacer en su estado, tullidos, maltrechos y con la muerte rondándoles? Sólo les quedaba una alternativa, hacer lo único que sabían: improvisar.

Boquiabiertos y con los ojos como platos, los niños no podían dar crédito a lo que estaban viendo: eran incapaces de imaginar que aquello que hasta entonces les había sido vetado, el jazz, podía ser algo tan extravagante, alucinante y divertido. El pianista manco arrancaba notas a su instrumento con los dedos de los pies y el batería, cuyo cuerpo estaba prácticamente inmovilizado, empleaba las manos para tocar el clarinete. El clarinetista, sin boca ni labios, rasgaba la guitarra mientras el guitarrista de un solo brazo había cambiado su instrumento por la batería y la aporreaba sin piedad con una única baqueta. Al mismo tiempo, el contrabajista sin dedos en la mano tocaba la trompeta demostrando una increíble habilidad con los muñones y, entre toses y esputos, el trompetista tuberculoso bailaba un macabro vals con el contrabajo.

El del orfanato fue el mejor concierto de la Hell Jazz Band. Y también el último. Nunca jamás volvió nadie a ver a aquellos seis músicos negros que una vez, no hace tantos años, hicieron de la improvisación un arte.

05 febrero 2010

Relato


Como en las últimas semanas los conciertos escasean y como este humilde servidor fue cuentista antes que fotero, una curiosa y sabrosa anécdota publicada en el blog del amigo Eric, irundarra afincado en Filipinas, ha servido de inspiración para darle a la tecla y perpetrar el siguiente relato. La foto que acompaña al texto es, en esta caso, obra del propio Eric el Vikingo... ¡Gracias!


¿Puedes ser mi amigo?

Juan G. Andrés ©

El teléfono móvil vibra estentóreamente en la mesilla de noche y perturba el sueño de Eric San Juan: nuevo mensaje de texto. Con el único ojo que logra abrir comprueba que el reloj marca las nueve de la mañana. Parece tarde, pero no lo es tanto si se tiene en cuenta que anoche trabajó hasta última hora. En la agencia de noticias le encargaron cubrir la procesión del Cristo Negro de Quiapo, un desfile tradicional por las calles de Manila en el que participan casi dos millones de individuos; son devotos que escoltan la imagen de un nazareno tallado en México al que atribuyen poderes milagrosos desde su llegada a Filipinas hace cuatro siglos. El tumulto fue tal que un ataque cardíaco terminó con la vida de un hombre de 42 años y otro de 40 falleció aplastado por la turba tras caer de la carroza en la que transportaban la talla. El cristo no debía tener demasiadas ganas de obrar milagros…

Eric querría seguir durmiendo porque es domingo y el cuerpo le duele como si una muchedumbre de costaleros hubiera desfilado sobre sus riñones, pero la vibración del inoportuno teléfono le ha desvelado. Coge el móvil, pulsa algunas teclas con actitud autómata y lee. “¿Puedes ser mi amigo?”, reza en inglés el nuevo sms que, según confirma al abrir el otro ojo, está enviado desde un número desconocido. Recuerda que al poco tiempo de llegar a Filipinas alguien le habló de la costumbre que los habitantes del país tienen de enviar sms a números elegidos al azar para buscar amistades espontáneas. Entonces pensó que era un cuento chino (o más bien filipino), aunque ahora que le ha ocurrido a él decide otorgar más crédito a tan disparatada costumbre.

Mientras degusta el desayuno, tiende la colada y se prepara para salir al encuentro de Carlos, se plantea muy seriamente la posibilidad de responder al mensaje. “¿Cómo te llamas?” “¿Eres hombre o mujer?” “¿Cuántos años tienes?” “¿Dónde vives?” Sin embargo, Eric San Juan frena ese primer impulso tan pronto como recuerda que desde que vive en Manila han intentado engañarle infinidad de veces con las mil y una variantes filipinas del timo de la estampita. Y abandona la casa rumbo a La Tienda, un restaurante español que visita frecuentemente para huir de su aversión a la comida filipina.

Su colega lleva hora y media de retraso y Eric, que hace treinta minutos decidió no esperarle para almorzar, termina de degustar su bacalao a la oriotarra. Pide un café al camarero e intenta contactar con su compañero de oficina Carlos, que es también su mejor amigo en Filipinas. No sólo no responde al teléfono sino que le corta la llamada. “Estará liado”, imagina. El móvil vuelve a vibrar al recibir otro sms. “Seguro que es Carlos disculpándose”, piensa equivocadamente. El mensaje proviene del mismo número desconocido de antes: “Me llamo Mark, ¿y tú? ¿Podemos ser amigos?” Eric San Juan abandona La Tienda sin responder al obstinado Mark. Seguro que es un gran tipo y probablemente podrían ser camaradas íntimos en otro contexto, pero eso de hacer amigos instantáneos no termina de convencerle.

Al día siguiente llega a la oficina y se cruza en el pasillo con Carlos, que pasa de largo sin ni siquiera mirarle. “Oye, por lo menos podías haberme llamado ayer. Estuve esperándote una hora en el restaur…”, le dice sin llegar a terminar la frase y siguiéndole apresuradamente hasta su despacho. “¿Se puede saber qué te ocurre? ¿Te he hecho algo para que no me dirijas la palabra?”, inquiere, desconcertado, antes de que su compañero le cierre la puerta en las narices y le espete un violento“¡Déjame en paz!”

El corazón le late a mil por hora. Eric toma asiento en su escritorio y enciende el ordenador. Siente una necesidad irrefrenable de contarle a Vanessa, su novia, la inexplicable reacción de Carlos. Necesita desahogarse y a esa hora siempre está conectada al Messenger. Cuando se dispone a iniciar la sesión del programa recibe un nuevo sms: “Soy Mark, estoy pasando una mala racha y sigo esperando tu amistad. ¿Ni siquiera me vas a responder?” Eric San Juan no da crédito al mensaje y piensa que la cosa está yendo demasiado lejos. Entonces decide escribirle: “Mark, te agradecería que no volvieras a escribirme. Tengo amigos de sobra, no necesito más”. Quizá ha sido un poco severo pero está nervioso y creía conveniente cortar por lo sano.

Accede al Messenger y Vanessa aparece conectada. “Cariño”, le escribe. “No sabes lo que me ha pasado con Carlos”, continúa de carrerilla. “Está enfadado conmigo, no me habla y no sé qué le he hecho”. Aguarda unos minutos para ver si ella redacta algo, pero no responde. “¿Vane? ¿Estás ahí?”, teclea mientras verifica que no hay ningún problema técnico. Se percata de que su novia aparece ahora desconectada, como el resto de sus contactos, y abandona el chat, desesperado. Su sorpresa es aún mayor cuando ve que le resulta imposible hablar con Vanessa durante el resto del día: aunque es la típica persona que no apaga el móvil ni para dormir, su buzón de voz no deja de repetir, como una letanía, que “el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento”.

El mes avanza y Eric San Juan va siendo cada vez más consciente de que su único destino es la más dolorosa de las soledades. Vanessa continúa sin dar señales de vida e incluso su madre y hermano, que se comunican con él a través del correo electrónico tres o cuatro veces al día, llevan semanas sin escribirle. Los colegas de la cuadrilla de Irún no le cogen el teléfono ni contestan a sus mensajes y ya no le queda ni uno sólo de los 281 amigos que el mes pasado tenía en Facebook. Además, en la agencia de noticias donde mataba sus ratos libres y el gusanillo periodístico han prescindido de sus servicios sin previo aviso.

Es lunes. El ascensor, un aparato que parece aquejado de fatiga crónica, asciende lentamente a la planta donde se encuentra su oficina. Se fija en el panel donde aparecen los botones con los números de los pisos. Falta uno. Del doce pasa directamente al catorce, el de su centro de trabajo, que en realidad es el trece, pero los filipinos son tan supersticiosos que lo evitan. Sale del ascensor y cuando se dispone a entrar a la oficina, el guardia de seguridad le cierra el paso con muy malas formas. No entiende qué ocurre, porque hasta hace poco ese gigantesco individuo mostraba una amabilidad tan grande como su talla. “Me ordenan que le diga que ya no es bienvenido aquí”, cree entenderle.

Eric San Juan regresa al ascensor y se seca las manos contra el pantalón. Está empapado en sudor, le tiembla todo el cuerpo. Ya es oficial: está solo en el mundo. No queda nadie sobre la faz de la tierra con quien pueda hablar o entablar comunicación. Aunque quizá exista una brizna de esperanza. Sin saber muy bien por qué, al sacar su móvil del bolsillo se acuerda del Cristo Negro de Quiapo y se encomienda a él entre risas nerviosas. Entonces recupera el número de Mark y decide telefonearle. Primero no descuelga el teléfono y después, en sucesivas intentonas, la única persona a la que aún puede brindar su amistad le corta las llamadas. Confía en que sólo cuestión de tiempo que le atienda. “Quizá un sms sea más efectivo”, piensa. “Hola, Mark. Me llamo Eric. ¿Puedes ser mi amigo?”, escribe. Y pulsa el botón de “enviar”.