
















Los siguientes aullidos corrieron a cargo de otra vizcaina, en este caso afincada en Madrid, que debería visitar más a menudo estos pagos. El intensísimo rock gutural de Ainara LeGardon convirtió la sala en una olla a presión, especialmente cuando tocó acompañada solo por un batería de espectacular pegada. Ainara se desgañitó, rasgó con furia su eléctrica y sus botas negras repartieron patadas voladoras en un palpitante concierto que, para muchos, fue la sorpresa de la velada.
Pero faltaba por salir Maika Makovski, que aulló como si hubiera luna llena. También maulló, cuando fue necesario, en las piezas delicadas, aunque en general su sonido fue urgente, crudo y muy enérgico, gracias al buen hacer de una superbanda -Oskar Benas, David Martínez y Juan Carlos Luque- que aportó mil y un matices sonoros a la versátil voz de la sexy mallorquina.
Los tres protagonistas, por supuesto, no aullaron en soledad: tuvieron siempre la complicidad del público, que participó eufórico y jubiloso de un aullido divertidamente colectivo.

Abundan, especialmente en tiempos de crisis, los artistas que giran en plan solista para abaratar costes y ahorrarse el jaleo de actuar con banda. Algunos llaneros solitarios pueden alcanzar cotas de emoción incomparables -recientemente han visitado estos lares Damien Jurado o Neil Hannon- , pero la gran mayoría no aguanta más de dos asaltos sin que el público pierda la atención y caiga aletargado por un show monocorde y soporífero. Desde luego, no es el caso de Davenport, que el viernes embelesó a la audiencia de Kontadores con una sencilla pero magnífica sesión de striptease musical.
El californiano desvistió sus melodías pop con una elegancia exquisita, cierto desenfado y mucha simpatía. Cantó sus composiciones con una voz maravillosa y tocó la acústica con actitud y pose de rocker clásico en unas ocasiones, y con aires de trovador brasileño en otras. Entre los temas ajenos que interpretó destacaron una soleada versión de "unos amigos noruegos" -el Cayman Islands de Kings of Convenience- y la deliciosa Maria Bethania, de Caetano Veloso, con la que se hizo más patente la influencia de la bossa nova. Sentados en el suelo, con la atención de quien escucha historias alrededor del fuego, los espectadores celebraron y aplaudieron la desnudez de un manojo de canciones extraordinarias.

Tiersen ha ido dejando de lado los hermosos arreglos de antaño para escorarse hacia el rock progresivo e intenso que unas veces recuerda a Pink Floyd en sus desarrollos vocales y otras a My Bloody Valentine por los muros de sonido. En su concierto de 2006 ya dio pistas sobre su querencia por las guitarras crudas y saturadas, pero ahora emplea un tono más grandilocuente, sin demasiado espacio para los ricos matices que siempre definieron su música. Pese a su condición de multi-instrumentista, tocó casi en exclusiva la guitarra y se prodigó poco con ese violín que antes machacaba hasta destrozar el arco. Usó la mandolina eléctrica pero no se acercó a los teclados, al acordeón ni al piano de juguete. A cambio, otorgó más importancia a samplers y programaciones que a veces recordaban a los ritmos electrónicos de Animal Collective.
El conjunto supo a poco -duró una hora y cuarto escasa, casi tanto como la actuación de la fiera telonera Shannon Wright- y sonó bastante oscuro, quizá porque el show lo presidió su último álbum, Dust Lane, influenciado por la muerte de su madre y de un amigo íntimo. Aunque hubo pasajes memorables -la canción de los alaridos, el siempre acongojante solo de violín de Sur Le Fil y un country cenagoso, entre otros-, Tiersen y su banda generaron dos tipos de frustración. Por un lado, la de los incautos desinformados que aún esperan escuchar las melodías de Amélie y Good Bye Lenin -bandas sonoras que, por cierto, las radios no dejaron de pinchar en los días previos-; por otro, la de quienes preferimos la vía intermedia entre sus antiguos trabajos repletos de bellas orquestaciones y su actual estilo que, aun siendo interesante, resulta más estridente y monótono. Todo apunta a que un eventual retorno de Tiersen a la ciudad -¿dentro de otros cinco años?- nos pondría frente a un músico diferente, reinventado y en constante metamorfosis.













